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EDITORIAL La preocupación por los jóvenes debe ser prioridad
martes, 24 de agosto de 2021

Unos dos millones de jóvenes colombianos ni estudian ni trabajan, mientras los líderes sociales siguen de espaldas a uno de los problemas más graves que enfrenta el país

Editorial

Mientras la Unión Soviética se desmoronaba a finales de los años 80, cerca de sus fronteras, en Asia Central, libraba una guerra en Afganistán, que había comenzado en abril de 1978 y extendido hasta el mismo mes de 1992. Los soviéticos de entonces apoyaban a un gobierno comunista satélite del Kremlin que enfrentaba a insurgentes muyahidines, grupos de guerrilleros afganos islámicos, que a la postre terminarían tomando Kabul y desatando un nuevo conflicto interno entre los señores de la guerra vencedores. Pero esa es otra historia, el punto se trae a colación porque durante los tres lustros que duró el conflicto, soviético-afgano, como colofón de la Guerra Fría, millones de mujeres y niños afganos se refugiaron en los vecinos Pakistán e Irán; allí fueron presa fácil de adoctrinamiento fundamentalista musulmán. Miles de esos jóvenes fueron “talibán” (estudiantes) en “madrazas” (escuelas) adoctrinados por “mulá”, profesores, religiosos, fundamentalistas que formaron un ejército que hoy vuelve al poder y que de paso desestabiliza la seguridad de la región, pone en al gobierno de Estados Unidos y obliga a que Colombia, por razones humanitarias, reciba a unos 4.000 desplazados de ese conflicto, muy lejos de las fronteras.

Nadie en la Rusia de hoy, ni en Pakistán, ni en Afganistán, mucho menos en Estados Unidos o en la Unión Europea, se preocupó por el futuro de los niños que crecen, se convierten en jóvenes, se vuelven adultos y reclaman una vida. Quienes han tomado el poder en Afganistán son “millennials”, pero no capturados por la globalidad, el bienestar, la economía de mercado, las nuevas tecnologías y las marcas, son los hijos de la guerra contra los soviéticos convertidos en carne de cañón que buscan instaurar en su país un soñado Emirato Árabe de Afganistán y que ahora parece más viable que nunca.

La pandemia en Colombia dejó 21 millones de pobres, de los cuales unos 7 millones viven con menos de un dólar al día, es decir, viven en la pobreza absoluta. Y según datos del Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana hay cerca de dos millones de jóvenes que no estudian ni trabajan; muchachos que terminaron su bachillerato y no encontraron alternativas. Eso puede explicar la violencia y duración de las manifestaciones de mayo pasado y el alto grado de delincuencia que se registra en todo el territorio nacional. Es válido decir que esta situación es el combustible de la tensión social, lo que muestra el Mercado Laboral Juvenil del Dane, entre abril y junio de 2021, una tasa de desempleo en ese grupo de 23,3%, es escandaloso. Unos 1,5 millones de jóvenes están desempleados o en búsqueda de trabajo, mientras que 5,7 millones no están buscando empleo pero tampoco están laborando, lo llamados inactivos. Un panorama que no debe dejar dormir tranquilo a nadie, pues la normalidad es solo la cuota inicial para cambiar este panorama.

Hay que quitarle, arrebatarle, los jóvenes al conflicto social, a la delincuencia y procurar llevarlos a los institutos técnicos, a las universidades para que Colombia tenga mucho más futuro que presente. Las guerrillas, los narcotraficantes y el crimen organizado se nutre de muchachos sin alternativas. Cuando se estudian las causas de resurgimiento talibán, siempre brilla el descuido mundial por los jóvenes.

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