sábado, 22 de agosto de 2020

La esperada reforma pensional debe comenzar por unificar las edades de jubilación; con el cuento de favorecer a la mujer se le está condenando a una prematura obsolescencia

EditorialLR

Colombia es uno de los pocos países en donde las mujeres se jubilan a los 57 años, argumentando favorecerlas por los gajes de la maternidad y los oficios del hogar, exposiciones de motivos no solo chocantes en pleno 2020, sino de otra época en la que pocas mujeres accedían a estudios universitarios y menos al mercado laboral. El llamado refuerzo pensional sucede tres años antes de alcanzar la edad de jubilación, es decir a los 55 años, edad en la que es imposible conseguir un empleo, situación que está condenando a las mujeres colombianas a una prematura obsolescencia laboral, justo en el momento de mayor madurez profesional y personal de cualquier ser humano. Mientras que para un hombre los 55 años es la edad de tener mayores aspiraciones en responsabilidades corporativas, para las mujeres esa edad es su último respiro profesional; una situación incubada por los formadores de políticas públicas que deliberadamente defienden la más machista de todas las leyes nacionales. Es el mejor ejemplo de “efecto cobra”, que ocurre cuando una política pública o decisión económica surte justamente el efecto contrario. Cuando los británicos intentaron unificar India tuvieron que luchar contra la plaga de las serpientes cobra; a uno de los economistas enviados a ese país se le ocurrió la idea de pagarles a los lugareños por cada cabeza de culebra muerta; el éxito de la medida duró hasta que se dieron cuenta de que los indios estaban criando cobras para vender sus cabezas a los colonizadores británicos. El cuento se trae a colación porque seguramente quienes idearon que las mujeres se jubilaran antes querían favorecerlas y protegerlas, pero nunca proyectaron que en algún momento futuro, ellas les competirían a los hombres por los mismos roles y funciones en el sector público y las empresas y la prematura edad de jubilación a los escasos 57 años serían una desventaja.

La otra argumentación es que las mujeres no solo tienen una mayor expectativa de vida que supera a los hombres en casi un lustro, sino que son mucho más sanas. Eso, sin contar las fortalezas probadas que trascienden la naturaleza y que van con valores familiares, ética y responsabilidad. Si las cifras generales de jubilación en Colombia son bastante pobres (Colpensiones tiene 1,3 millones de jubilados y los fondos privados unas 200.000), las cosas cuando se segmentan por género son mucho peores en el caso de las mujeres; muy pocas acceden a una pensión por el simple hecho de que un buen porcentaje se retira del mundo laboral cuando queda en embarazo y empieza a educar a sus hijos. Y si se observan las cosas en el sector agropecuario, la situación es similar a países como Haití y Bolivia en este continente y a lo que sucede en África.

Es muy machista jubilar a las mujeres a los 57 años y ese debe ser un cambio prioritario para este Gobierno, que se ha preocupado por la igualdad de género y en hacer cumplir a raja tabla la ley de cuotas. De poco vale que las mujeres cada vez en mayor cantidad accedan a los cargos de gran decisión en las empresas y sus juntas directivas si deben irse cinco años antes que los hombres de esas mismas responsabilidades, sin ninguna justificación científica ni profesional. La ley de cuotas no debe ser una simple moda laboral, debe ser un nuevo rasgo cultural en las empresas que deben decidirse por darles más oportunidades a las mujeres.

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