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El problema mayor es el poco crecimiento
A la luz de las proyecciones de crecimiento económico de la Cepal, el PIB de Colombia solo repuntó 2,6% el año pasado, este año será de 2,4% y en 2027 sería 2,3%; grave ritmo de recuperación
Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido y, de inmediato, el real brasileño cayó 8,2%, mientras que algunos contratos de swaps a largo plazo subieron casi 300 puntos básicos tras alcanzar los límites de negociación. Los futuros sobre acciones del índice de referencia Ibovespa se desplomaron 20%. Se viene un noviembre de gran expectativa por las elecciones en Estados Unidos y España, claves para la economía de la región, que ya está muy nerviosa por el contexto global.
Las autoridades económicas colombianas están lidiando actualmente con cuatro jinetes del Apocalipsis: el elevado déficit fiscal, el alto costo de la vida, la revaluación de la moneda y -lo que resulta ser una preocupante sumatoria de los anteriores- un muy bajo crecimiento económico.
Al revisar los datos bajo la lupa de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal, el panorama es desalentador. Se muestra que el año pasado el crecimiento fue de 2,6%, este año se proyecta en 2,4% y 2027 se perfila como el escenario más complejo, con apenas 2,3%. Estas cifras, ubicadas críticamente por debajo del potencial del país, ameritan con urgencia un gran plan o estrategia de reactivación que dinamice los sectores extractivos, impulse la inversión estatal y fomente la atracción de capital extranjero.

Según las proyecciones de la Cepal, factores globales como la incertidumbre internacional, las tensiones geopolíticas y el encarecimiento del financiamiento limitarán severamente el desempeño económico de la región. Esta pérdida de dinamismo frente a 2025 afectará directamente a Colombia, que no será la excepción. Asuntos como las interrupciones en las rutas logísticas y la menor previsibilidad de la política comercial global ya pesan en el pobre desempeño regional.
Asimismo, el organismo advierte sobre un menor ritmo de creación de empleo, persistentes presiones inflacionarias e incontables efectos derivados del fenómeno de El Niño. Todo esto, combinado, condicionaría la recuperación de una zona que aún enfrenta el imperativo social de reducir la pobreza extrema.
Para Colombia, como exportador de materias primas, la coyuntura genera un escenario agridulce: si bien podría beneficiarse de precios internacionales más altos, como gran importador enfrenta costos elevados que neutralizan dicho impacto. El informe sectorial de la Cepal concluye taxativamente: “El crecimiento más lento del empleo limita los ingresos y el consumo de los hogares, y dificulta reducir la informalidad y las brechas laborales (...) la inflación presenta una leve tendencia al alza, impulsada por los precios de la energía y los alimentos, lo que afecta especialmente a los hogares que destinan una mayor proporción de sus ingresos a bienes esenciales.
A esto se suma el encarecimiento del crédito internacional, tras las alzas de tasas de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo, que elevan los costos de financiamiento y pueden frenar la inversión”. Frente a esta realidad, en la que América del Sur crecería apenas 2,1% en 2026 y 2,4% en 2027, el organismo enfatiza la necesidad de ampliar las políticas de desarrollo productivo. Se requiere coordinar estrategias laborales, fiscales y financieras para reducir la informalidad y generar empleo formal de calidad.
En este momento crítico, la administración central colombiana debe enfocarse en una ley de ajuste económico que reduzca los riesgos de apagar el mínimo crecimiento registrado en los últimos tres años. Se debe evitar a toda costa que el financiamiento del Presupuesto dependa de una reforma tributaria tradicional. Si bien no se legisla en la materia desde hace cuatro años, estos proyectos siempre terminan castigando a los empresarios y empleados formales, sobre quienes ya recae el grueso de la tributación.
En su lugar, sería bienvenida una reforma estructural que contrarreste la informalidad cabalgante -que abarca casi 55%- y que ataque de frente la evasión. Poner en discusión una nueva reforma tributaria en un momento de estancamiento y altas tarifas impositivas sectoriales representa un peligroso salto al vacío.
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