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EDITORIAL

De comercio silencioso a desbanda de compradores

martes, 19 de julio de 2016
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La verdadera gracia está en que los cucuteños puedan satisfacer las necesidades de los venezolanos en pleno paro camionero en Colombia.

La frontera colombo venezolana es una de las más activas del Continente, tiene cerca de 1.300 kilómetros y una docena de puntos fronterizos oficiales y más de un centenar de pasos informales, una característica que la llevó en otras épocas a denominarse “frontera porosa”. El espectáculo vivido este fin de semana, en el cual unos 130.000 habitantes de la frontera pasaron para comprar los productos básicos de la canasta familiar, y de paso visitar a sus parientes, evidenció una situación de mercado natural que los políticos de turno no han observado y que pretenden mantener silenciado. En pocas palabras: las leyes de mercado están por encima de los credos políticos e ideológicos.

No importa si se es chavista de izquierda o un demócrata de derecha, lo cierto es que ambos se alimentan y necesitan hacer mercado, y las fotos de la marea humana son más que elocuentes de esas necesidades básicas insatisfechas. No fue un suceso violento, de saqueo o de humillación, fue un acto de consumo organizado, tal como si esto se viniera haciendo desde hace tiempo. Y efectivamente así es: son muchas las décadas en las que colombianos y venezolanos atraviesan el río Táchira para comprar alimentos, combustibles, textiles y un sin número de bienes y servicios. Unas veces hemos sido los colombianos quienes viajamos a Venezuela a comprar, a pasear o visitar familiares; las actuales coyunturas han hecho que sean ellos quienes viajan en masa a comprar el mercado, antes de que cierren la frontera.

Ese es el punto. Si la frontera estuviera abierta, este flujo de compradores sería normal, pasarían los mismos 120.000 o 200.000, pero en horarios distintos, sin que la Policía Nacional o la Guardia venezolana controlen los turnos de consumo. La frontera está cerrada porque las instituciones colombo-venezolanas nunca han logrado controlar el contrabando, generado por las complejas asimetrías en los dos modelos económicos que separan dos países hijos de la misma madre. Mientras el chavismo y sus líderes anteriores empobrecieron sus arcas nacionales regalando subsidios a dos manos, en Colombia se incubó una economía de frontera parásita de esas ayudas estatales, dinamizada por las claras diferencias en el precio de la gasolina, especialmente.

Lo visto este fin de semana es uno de los actos de consumo más civilizado que pone en evidencia el imperativo para los gobernantes de tener satisfechas las necesidades básicas de sus pueblos; bien sea con producción local o con importaciones fáciles de financiar. No podemos alarmarnos de ver las muchedumbres comprando en un lapso de 12 horas, sucedería los mismo aquí si prohiben comprar a deshoras y se fijan horarios de compra en los supermercados. La gracia está en que Cúcuta puede vender en pleno paro camionero.

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