martes, 27 de octubre de 2020

No es prudente que los políticos colombianos se metan en las elecciones de Estados Unidos generando polarizaciones y cobrando un protagonismo que a la postre puede ser dañino

EditorialLR

El embajador de Estados Unidos en Colombia, Philip Goldberg, publicó en la cuenta oficial de su embajada en Twitter un mensaje que es contundente: “El éxito de las relaciones entre EE.UU. y Colombia a lo largo de muchos años ha sido basado en apoyo bipartidario. Insto a todos los políticos colombianos evitar involucrarse en las elecciones estadounidenses”.

El mensaje tiene varias lecturas idelogizadas, pero una sola interpretación diplomática y es que como país se debe respetar la voluntad de los ciudadanos sin intromisiones en los asuntos domésticos, menos los electorales. El comentario se hace a solo ocho días de realizarse las elecciones en Estados Unidos el próximo 3 de noviembre, en las que los votantes de origen latino han cobrado especial relevancia, y dentro de ese universo, los colombianos tienen una presencia ascendente y militante.

Nunca antes se había escuchado un pronunciamiento diplomático de ese nivel llamando por su nombre a los políticos colombianos e interpelándolos directamente. El mensaje es claro: no hay que involucrarse en las elecciones de Estados Unidos.

El tweet se suma al comunicado emitido el sábado pasado en el que el Embajador defendía la relación bilateral entre ambos países en los siguientes términos: “Colombia no tiene mayor aliado que los Estados Unidos, y los Estados Unidos no tienen un socio y aliado mejor ni más capaz en la región.

Seguimos firmes en nuestro compromiso con esta alianza y con el pueblo de Colombia”. Dos mensajes que está ligados y que deben llegar con nitidez al oído de los políticos colombianos, quienes sin ser conscientes de sus acciones pueden generar situaciones adversas en lo político y económico en el mediano plazo. No se puede olvidar que el primer socio comercial de Colombia es EE.UU., país motor de la economía mundial y un aliado sin condiciones de nuestro país, sin distingo de los gobiernos de turno aquí y allá.

La historia nacional nos ha enseñado que una política local irresponsable con los asuntos exteriores es nociva para los gobiernos. Se debe asimilar que gane quien gane la presidencia en Estados Unidos, el país empresarial y todo el sector productivo en su conjunto debe tener buenas relaciones, pues es el mercado natural con mayor poder adquisitivo, una fuente de financiamiento para las empresas locales y un destino de crecimiento orgánico para muchos inversionistas.

Las relaciones con Estados Unidos hay que cuidarlas como un tesoro no solo en el campo político, desde donde se derraman a otros frentes, sino en lo comercial, en lo económico y en seguridad nacional. Colombia, sin la ayuda y asesoría militar de Estados Unidos, caería nuevamente en la categoría de “estado fallido” tras el avance de los cultivos ilícitos, el rearme de las guerrillas y la delincuencia común. Y en lo económico es un imperativo relanzar el TLC que cumplirá sus primeros ocho años con un saldo muy favorable para el país del norte, pero con la esperanza de que en una nueva etapa, no solo los consumidores colombianos se beneficien, sino los generadores de empleo y exportadores que deben encontrar nuevas formas de ser competitivos.
En 2012, según el Dane, había un superávit de US$8.244 millones, en 2018 hubo un déficit de US$1.669 millones, una diferencia (desde firmado el TLC) que debe empezar a recuperarse en el nuevo gobierno.

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