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ANALISTAS Ahora descansa en paz, una merecida paz
martes, 21 de enero de 2014
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Jorge Hernández Restrepo, maestro y compañero de mil batallas, triunfos y derrotas, nos ha dejado para andar por los caminos de Dios. Y desde ellos velará por sus seres más queridos en quienes ha dejado múltiples enseñanzas.

Velará por Lía, la esposa incondicional; por sus hijos, Jorge Andrés, Juan Carlos y Ricardo; y por sus nietas, Manuela, Juliana, María Antonia y Laura, a quienes entregó el más puro de los amores.

Todos los que están en El Colombiano, y los que estuvimos, llevaremos en el corazón una huella indeleble de sus valores y orientaciones. Jorge Hernández deja muchos sentimientos de ausencia. ¿Cómo no hablar de Ligia Ortiz Cancino, su secretaria desde hace 47 años hasta este duro momento del adiós? ¿Y de Juan Gómez Martínez, su compañero de largas jornadas de trabajo por mucho más de treinta años?

Recuerdo perenne serán los mercados que rifaba cada cierto tiempo entre los empleados de menores recursos económicos. Y los aguinaldos que repartía en la época navideña. En esos días su oficina parecía un almacén, sólo que allí nada se vendía, todo se donaba.

En el trabajo, Jorge Hernández era persona de pocas palabras y estricto consigo mismo y con los demás. Se expresaba en el momento preciso y con las ideas precisas. 

Cómo podré olvidar el día en que me habló de las bonificaciones en dinero a todos los empleados, una bella costumbre que se repetía varias veces al año. Me dijo: “No olvide esto: Don Julio y su papá, (Fernando), no las reducían cuando la situación económica era mala. Por el contrario, las aumentaban, porque en El Colombiano se comparten las ganancias en épocas de bonanza, pero también en época de penurias”. La filosofía detrás de este gesto era que los trabajadores de la empresa también sentían el golpe de las crisis económicas. 

Este gesto era vivir el verdadero cristianismo que nos pide no sólo dar de lo que nos sobra sino de lo que nos hace falta. Solidaridad en los buenos y los malos momentos. 

Jorge Hernández  asumió el poder como servicio. Fue concejal de Medellín y Presidente del Cabildo en los tiempos en que se hacía por pura vocación, pues los ediles no recibían ningún sueldo. Desinteresadamente daban tiempo y experiencia. Fue senador, y presidió la Comisión Nacional de Televisión. A pesar de haber votado negativamente una cuestión polémica, fue encarcelado por el hecho de ser la cabeza de este organismo. Fueron muchos meses en los que el único beneficio fue dejarle la casa por cárcel.

Después de esta amarga experiencia prefirió regresar a la actividad que jamás debió abandonar: el periodismo.

Nos convenció de comprar el diario La República y ejerció  de timonel, como presidente, y lo convirtió en una publicación económica. Fue presidente hasta su muerte. Pero, como buen líder, el periódico sigue marchando porque compartió sus conocimientos con su hijo Juan Carlos, actual gerente; con Fernando Quijano Velasco, director; y con todo el grupo humano que allí trabaja. 

Un enamorado del campo, los caballos y las reses, montó varias fincas, generó bastantes empleos y en ellas será recordado por su humanismo infinito.

Quizás esta experiencia lo llevó a crear un centro de educación superior dedicado al tema agropecuario en la zona de La Pintada, eje cafetero antioqueño. Allí se pueden formar los jóvenes de la región. El proyecto lleva el nombre de su tío, Don Julio C. Hernández, quien fue el que lo sacó de la ingeniería civil y lo llevó a El Colombiano para formarlo como Gerente, cargo que le entregó poco tiempo después.

Previa averiguación sobre mi desempeño académico y docente en la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia Bolivariana, me llamó para que asumiera como uno de los jefes de redacción de El Colombiano.

Ante el retiro de la dirección del periódico de su contemporáneo y compañero, me refiero a Juan Gómez, para asumir como primer Alcalde de Medellín elegido popularmente, me tocó trabajar con él más de cerca, en uno de los momentos más difíciles de la historia regional y local. Y de él recibí ejemplo de coraje para no claudicar ante las amenazas.

Nunca olvidaré su liderazgo cuando dos bombas de alto poder explotaron en las escalas de El Colombiano el jueves anterior a la elección de alcaldes. El tercer piso del edificio quedó en ruinas. El vecindario sufrió grandes daños, y la estructura del periódico falló hasta el punto de que hubo que reforzarla con unas columnas de hierro. 

“Si lo que los violentos quieren es impedir que salga el diario, pues no lo lograrán”, dijo el Doctor Hernández. Y empezamos todos a barrer los escombros para luego comenzar a rehacer el periódico del día siguiente. Como de costumbre, El Colombiano  pagó los arreglos a las viviendas y locales del vecindario, en silencio y sin protagonismos. 

Quiero rendir homenaje a otro valiente que también acaba de partir a los caminos de Dios y que fue quien evitó que las bombas explotaran en las instalaciones: las sacó y gritó a todos quienes estaban en la calle Juanambú y en las oficinas del periódico que daban a esa calle, para que se alejaran. Ese valiente se llamó Gabriel Trespalacios, un jubilado de la Policía Nacional quien era el portero. 

En esa dimensión que los cristianos llamamos Cielo estarán saludándose y encontrando a los familiares que se les han adelantado en el andar hacia la Plenitud.

Jorge Hernández Restrepo fue una persona de ideas siempre jóvenes. Sumaba experiencias más que años. Quien lo veía por primera vez se podía llevar la impresión de que era un hombre alto, rudo, quizás huraño. Pero no. Tenía un corazón grande. Tan grande, que no le cabía en el cuerpo. Gozaba con las cosas simples, las que dan sabiduría. 

Si tuviera que resumirlo en una frase diría: Fue un hombre sabio y generoso. Por eso estoy convencida de que ahora descansa en Paz, una merecida paz.