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Con inversiones de hasta US$1 millón por sede y tickets promedio cercanos a $200.000, el despecho se consolida como negocio, aunque empieza a transformarse
De llorar a facturar, ese parece ser el lema de la moda del despecho, una tendencia que no solo gana fuerza en Colombia, sino que empieza a expandirse y evolucionar hacia otros mercados. A su paso, sin embargo, va dejando cifras millonarias que la consolidan como el punto de partida de una nueva forma de entretenimiento.
Es la expansión de formatos como las salas de despecho, que ya completan cuatro sedes en el país y se integran a una red internacional de 36 locales. Las cifras muestran el tamaño de la apuesta. Solo la nueva sede de Sala de Despecho en Bogotá implicó una inversión cercana a US$1 millón, con 35 empleos directos, 25 indirectos y una proyección de miles de asistentes por semana. Al mismo tiempo, la música popular, principal combustible de este negocio, representa cerca del 12% del consumo musical en Colombia.
Pero mientras el mercado populariza la palabra “despecho”, algunos empresarios del sector ya están tomando distancia de esa etiqueta. Ese es el caso de Casa D, un concepto que nació en Bogotá como Casa Despecho, pero que decidió redefinirse.
Andrés González, fundador de Evedesa, cuenta que la idea surgió de un formato previo que ya exploraba el canto en grupo y el uso de micrófonos como parte de la rumba. Con el tiempo, entendieron que su propuesta no giraba realmente en torno al despecho, sino a algo más amplio. “Nos empezamos a dar cuenta que no éramos despecho, sino todo lo contrario. Era un tema de alegría, de cantar, de reírse, de cantarle al amor, al desamor, a todas las emociones humanas”, afirma.

Ese giro marcó la identidad del negocio. En lugar de construir una estética de cantina o una oferta centrada en rancheras y música popular, Casa D apostó por una rumba elegante, apoyada en la nostalgia, la música de los años 70, 80 y 90 y una experiencia pensada para el adulto contemporáneo. “Decidimos quitarle la palabra despecho”, dice González.
Sin embargo, la idea clave para entender este fenómeno es más que el despecho en sí, lo que hoy vende es la posibilidad de cantar. Para González, el auge de estos lugares responde a un vacío que dejaron otros formatos nocturnos dominados por la música electrónica o el reguetón. “El tema enfocado al canto es lo que hace que la gente le llame la atención”, resume.
Esa lectura conecta con el comportamiento del consumidor. Según Fenalco, una persona que atraviesa una desilusión amorosa gasta en promedio $123.000 para sobrellevarla; en hombres, el monto sube a $147.000 y en mujeres se ubica en $98.500. En la práctica, ese consumo emocional hoy encuentra una salida directa en este tipo de espacios.
En Casa D, por ejemplo, el gasto promedio por persona llega a unos $200.000 por noche en Bogotá y ronda los $160.000 en ciudades como Cali y Barranquilla. El dato muestra que el fenómeno ya superó el nicho. La gente no está yendo únicamente a llorar una ruptura: está pagando por una experiencia completa de música, memoria, canto, nostalgia y socialización.
La expansión de Casa D va en esa misma dirección. El proyecto arrancó en 2024, sumó cinco aperturas adicionales y ya dio el salto a Miami, donde, según González, opera lleno desde el primer día. Ahora la marca prepara nuevas expansiones en Lima, Madrid, Santo Domingo, Guayaquil y, eventualmente, Caracas, además de replicar otro formato paralelo llamado Radio D. Para González, sin embargo, el despecho como etiqueta puede ser pasajero.
“Lo que tú dices de la nostalgia, del despecho, es un tema de moda”, señala. En su visión, lo que sí tiene futuro es una línea de rumba especializada para adultos, donde el centro no sea la fiesta masiva, sino la experiencia emocional compartida. “Casa D es un sitio de rumba para adulto contemporáneo”, resume.
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