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FINANZAS Educación financiera y ética bancaria
martes, 27 de agosto de 2013
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Manuel Cabeza Lambán

Todavía me sonrojo al recordarlo después de tantos años. Allí estaba yo, recién egresado, en mi primer trabajo, en el despacho del director general del Banco, mientras me dirigía unas duras frases.

La cosa venía de unas semanas atrás. El Banco publicaba cada quince días unas páginas informativas para accionistas, clientes y empleados que se distribuían entre todos ellos con gran difusión. Dada, según decían, mi destreza con la escritura, me habían encargado la redacción de comentarios sobre la marcha de la entidad, sobre los productos financieros, sobre los tipos de interés y sobre noticias que interesasen a todos. Y había escrito un artículo donde, como tenía muy frescos los estudios de la facultad de economía, decía lo evidente: que la dirección y empleados del Banco estaban a disposición de los clientes para satisfacer sus necesidades financieras.

Allí ardió Troya. ¿Las razones?
El Director general me decía que el Banco estaba para ganar dinero para los accionistas y que la mayoría de clientes no sabían lo que querían, ni sabían las evoluciones de los tipos de interés, ni la fiscalidad aplicable, etc. y debían dejarse guiar por las recomendaciones de los empleados.

Pero en los pocos meses que yo llevaba trabajando sabía cómo se obtenían esos beneficios. El banco compraba grandes cantidades de bonos corporativos y acciones a buenos precios, con notables descuentos por precio mayorista, y después ordenaba a las todas las oficinas que “colocasen” esos productos a su valor del día -más alto, por supuesto-. Así es que con cualquier operación de ahorro, préstamos o tarjetas de crédito o débito, el cliente debía comprar una pequeña - o grande- cantidad de esos productos “buenísimos y de alta rentabilidad” que le aconsejaba el empleado. La cosa iba bien, pero cuando el ciclo económico cambió, el Banco se inundó de reclamaciones y de juicios porque los productos “colocados” perdieron valor rápidamente.

Con mi ardor juvenil y con respeto insistí ante el Director que ese camino no era correcto y que los clientes debían ser educados financieramente y los empleados no podían ser violentados en su ética profesional. El desenlace ya lo imaginan ustedes. Yo dejé el Banco meses después y cuatro años más tarde quebró. (¿Les suena todo esto con las crisis de grandes bancos de todo el mundo en estos años?)

Exactamente la misma situación que estamos viviendo en España y otros países desde hace un tiempo, con quiebras y rescates incluidos. La historia se repite. Miles de perjudicados manifestándose en las calles y colapsando los juzgados en contra de esos Bancos que les “colocaron productos muy rentables, seguros y de liquidez inmediata”. (Puras mentiras comerciales).

Las relaciones bancarias en estos tiempos de internet y de redes sociales son complejas pues una mala noticia o comentarios pueden arruinar la reputación de una entidad y arrastrarla a la quiebra. La solución pasa por un delicado equilibrio: los poderes públicos, las patronales bancarias, los bancos de la Nación o de la República -como ya lo hacen en muchos países y por supuesto en Colombia- deben ir educando poco a poco financieramente a la población. Los bancos, por su parte, deben concienciar a los empleados que el logro de los objetivos comerciales que se asignan a cada sucursal no autoriza a que estos objetivos se alcancen de cualquier manera, “colocando” o violentando el deseo natural o necesidad del cliente. Y mucho menos haciendo valer su mayor conocimiento financiero.

Este es un tema de las dos partes: educación financiera y ética. Las iniciativas nacionales e internacionales que se han puesto en marcha para proteger al cliente -leyes, campañas de educación- deben ser completadas con la disposición ética de cada empleado para respetar a cada cliente, por muy ignorante que éste sea financieramente hablando y habiendo ganado su voluntad para firmar lo que le pongan delante, a causa de su necesidad de dinero u otras razones.

Ahí se ve la grandeza de un Banco y su pervivencia a largo plazo. Del resto, de quienes no respetan en estos tiempos estas leyes fundamentales, no se preocupen. Lean las crónicas jurídicas de los próximos meses.

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