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Hiperconectados, pragmáticos, solidarios, sin miedo a la religión y las convenciones sociales, renuentes a aceptar un ‘no’ como respuesta, los jóvenes colombianos quieren, simplemente, que a todos ellos se les garantice el derecho a la educación de calidad. Los mayores deberíamos estar agradecidos

Guillermo Franco - guillermo_franco@post.harvard.edu

El rezago en educación en Colombia es tan grande y difícil de solucionar a corto plazo que puede resultar siendo el combustible para más protestas en el 2020.

La petición inicial de los líderes estudiantiles (que el Gobierno cumpliera con los acuerdos del 2018) ha sido rebasada por la dinámica de la protesta y los nuevos actores que se han sumado a ella, convirtiéndola es una aspiración absolutamente modesta.

Ya no solo se habla de los acuerdos, sino de la reforma al Icetex, de la cobertura universal y gratuidad de la educación, del acceso de los más pobres a una educación de calidad, de la pertinencia de los programas académicos, y sigue un largo etcétera.

El papel protagónico de los jóvenes en las protestas colombianas es incuestionable y sigue un denominador común en las protestas callejeras alrededor del mundo: están a la vanguardia de las exigencias de cambio.

El otro denominador común es que, a diferencia de la oleada de protestas masivas de años anteriores -lo asegura un editorial del periódico ‘The Washington Post’- la mayoría de los gobiernos han tratado de acabar las protestas con negociaciones, concesiones y promesas de reforma, lo que crea la posibilidad de que haya “cambios políticos significativos”. Colombia, mencionada en ese editorial- aparentemente, solo aparentemente, tampoco es la excepción.

Vamos por partes.

El protagonismo de los jóvenes en Colombia no se puede extraer de las fotos y videos del Comité Nacional de Paro, o de los asistentes a la ‘Conversación Nacional’ convocada por el presidente Iván Duque, porque están plagadas de ‘adultos contemporáneos’, una expresión suave (eufemismo) de algunos medios para referirse a su audiencia de personas mayores, viejas, ‘cuchas’ o ‘catanas’.

Pero si se hace el mismo ejercicio en la calle, donde han estado los manifestantes, o se miran algunas encuestas disponibles, los jóvenes -no las cacerolas- son los protagonistas indiscutibles, y probablemente lo seguirán siendo en el 2020. Y un elemento que les da más legitimidad es que no han permitido que su movimiento sea capitalizado por políticos tradicionales, a pesar de que lo han intentado.

Una encuesta del Centro Nacional de Consultoría, por ejemplo, encontró que el segmento demográfico que más ha salido a marchar o ha querido hacerlo es el comprendido entre los 18 y 25 años: 65 %. Ese mismo segmento demográfico es el que tiene una imagen más favorable del paro (70 %). Es el segundo que más cree que el paro significa esperanza (78 %, vs 79 % del segmento de los 26 a 40 años), y también el segundo que menos cree que significa desestabilización del país (21 %, vs 20 % del segmento de los 26 a 40 años).

Si hasta aquí cree que los datos sobre lo que piensan los jóvenes colombianos son poco significativos, agregue este de la misma encuesta: los que están entre los 18 a 25 años son los que menos quieren regresar a la normalidad (solo 38 %, vs 61 % que quiere continuar en paro).

¿Qué significan en números absolutos estos porcentajes de jóvenes colombianos? La respuesta corta: podría no haber calle para tanta gente.

De acuerdo con el último censo del Dane, que determinó que Colombia tiene 48,2 millones de habitantes, el 16% tiene entre 18 y 26 años: 7 millones 712 mil colombianos.

Si usted cree que se necesita la cédula o derecho al voto para tener una posición ante la realidad, conciencia social o hacer exigencias de cambio y ser tomado en cuenta, piénselo 2 veces.

Si flexibilizamos la definición de joven para incluir el segmento de 14 a 18 años, donde se ubica, por ejemplo, la activista ambiental Greta Thunberg (de 16 años), esta cifra es impresionante. Según el mismo Dane, el 26,1 % está entre los 14 y 18 años; esto es: 12 millones 580 mil 200 colombianos. Muchos de ellos en la antesala de entrar al ‘El baile de los que sobran’, como lo acababa de hacer el joven Dilan Cruz, muerto a manos de un de un integrante del Esmad cuando protestaba pacíficamente. Este es un volumen de gente como para que los encuestadores los tomen en cuenta la próxima vez que hagan un estudio sobre el paro.

Jóvenes modelo 2019-2020
Tres semanas antes de que Colombia entrara al cada vez menos exclusivo club de las protestas callejeras masivas (que incluye, entre otros, a Hong Kong, Chile, Irán, Irak, España -Barcelona) el periódico británico ‘The Guardian’ decía que el 41 % de la población mundial tenía menos de 24 años (casi lo mismo que en Colombia) y “estaba enojada” (para que la traducción sea más precisa, en Colombia la gente no se enoja sino se ‘emberraca).

‘The Guardian’ explicaba el protagonismo de los jóvenes por el hecho de que, a diferencia de sus mayores, están más conectados.

“Más personas que nunca tienen acceso a la educación. Son más saludables. Parecen menos atados a las convenciones sociales y la religión. Son mutuamente conscientes. Y sus expectativas son más altas. Esto se debe a que, gracias a las redes sociales, la ubicuidad del inglés como lengua común y la globalización y democratización de la información en Internet, las personas más jóvenes de todos los orígenes y ubicaciones están más abiertas a opciones de vida alternativas, más en sintonía con los derechos y normas ‘universales’ como la libertad de expresión o un salario digno, y menos preparados para aceptar su negación”, dice ‘The Guardian’.

El columnista del periódico ‘The New York Times’ Roger Cohen lo simplificaba de esta manera: “Una generación más joven, potenciada por las redes sociales, se inspira no en una visión utópica sino en una búsqueda pragmática de la salvación del planeta y una vida más igualitaria para hombres y mujeres”.

Jóvenes colombianos, hiperconectados
Internet y las redes sociales, indiscutiblemente, han sido el catalizador de las protestas en el país: han sido fundamentales no solo para la conversación sobre el descontento, sino para las convocatorias a las calles. Y los que más las usan: los jóvenes.

Colombia ocupa el puesto número 14 en el mundo en usuarios de Facebook.

De acuerdo con el informe ‘Situación digital y medios sociales en Colombia 2019’, realizado por ‘We Are Social’, en Colombia hay 34 millones de usuarios de Internet, casi todos también usuarios de redes sociales, de los cuales 31 millones tiene acceso por celular. El segmento demográfico de 18 a 24 años es el segundo mayor consumidor de las redes sociales Facebook -32 millones de usuarios- Instagram -con 11 millones de usuarios- (14 % de hombres y 14 % de mujeres, comparado con 16 % de hombres y 16 % de mujeres del segmento de 25 a 34 años). Según esta misma investigación, hay 2.405.000 usuarios de Twitter, y en ellas los jóvenes son el tercer segmento demográfico que más la usa.

Colombia, así mismo, es el segundo país de América Latina en la que los usuarios gastan más tiempo en redes sociales, con 216 minutos al día, solo superado por Brasil, con 225 minutos, según la firma de investigación GlobalWebIndex, con sede en Londres. En todos los países, incluido Colombia, “el aumento del tiempo dedicado a las redes sociales parece estar impulsado por su uso por parte de un grupo demográfico específico: personas de 16 a 24 años”, dice.

Educación, la gran frustración
El periodista Mauricio Vargas en su columna de El Tiempo señala otro efecto menos obvio de Internet y las redes sociales, esta vez asociado con la frustración: “Los jóvenes están sumidos en una profunda desesperanza. Gracias a internet, tienen mucho más acceso a leer y escuchar informaciones, y a mirar fotos y videos, que ninguna generación del pasado. Pero, a la inmensa mayoría, eso los lleva a comprobar que el mundo… es ancho y ajeno, lleno de sueños inalcanzables. Me explicó el otro día un amigo barranquillero: ‘Los pelaos ven pasar la felicidad en las pantallas de sus teléfonos inteligentes. Miran los lujos y los éxitos de otros, y comprueban lo lejos que están de ellos’”.

A pesar de que los estudiantes en las protestas -por su ‘conciencia mutua’, como diría ‘The Guardian’- terminaron solidarizándose con las 13 exigencias iniciales (que ya van en más de 100) del Comité Nacional de Paro, es obvio que lo que ven más distante y les genera más frustración tiene que ver con el histórico rezago de la educación, el empleo y, en general, las condiciones de la juventud.

De ahí que su discurso privilegia –sin evadir temas ambientales, de protección de líderes sociales, cumplimiento de los acuerdos de paz, etc- lo que los toca más directamente: los acuerdos sobre recursos para la educación, una reforma laboral que incidirá inmediatamente la calidad de su empleo y salarios, y una pensional que los efectará cuando sean viejos.

“A los jóvenes los movilizaron que 550 mil de ellos son ni-ni, ni estudian ni trabajan porque el país se lo niega. El desempleo juvenil llega al 18 por ciento. 394 mil le deben hasta la camisa al Icetex y ven en su futuro los duros pagos de estas deudas y el desempleo o los malos empleos”, dice el senador Jorge Enrique Robledo en una columna publicada en diferentes medios.

Por su parte, Alejandro Palacio, presidente de la Asociación colombiana de representantes estudiantiles de la educación superior, en una columna publicada en el periódico El Colombiano, dijo que “solo un 50 % de los jóvenes logra acceder a la universidad, muchos de ellos con créditos educativos: la nueva esclavitud del siglo XXI. Todo a causa de años de abandono; el Estado deja a un lado su responsabilidad y esta obligación recae en las familias”.

Conversación, diálogo y monólogo
Así, hay que insistir en que la reivindicación inicial de los estudiantes (que el gobierno cumpliera con los acuerdos de diciembre de 2018, entre los cuales estaba asignar $300.000 millones a ciencia y tecnología, pero que en 2019 fue de cero pesos, y en 2020 será solo de $78.500) puede haber terminado rebasada por la dinámica que adquirió la protesta. Otra manera de expresarlo: que el Gobierno cumpla los acuerdos de 2018 es en realidad una petición modesta.

Prueba de ello, para citar un solo ejemplo, es la integración de estudiantes y egresados de las universidades privadas agobiados por los créditos bancarios y del Icetex para pagar su educación.

Así mismo, la discusión se ha ampliado a la cobertura de la educación superior en general, y el acceso de todos los estratos de la población a ella, en particular los más pobres.

Al analizar el porcentaje aproximado mencionado por Palacio, se descubre que la situación de la cobertura de la educación superior (que incluye no solo la universitaria, sino la técnica profesional y la tecnológica) es mucho más compleja, como la analiza Óscar Alejandro Quintero, profesor de la Universidad Nacional, en un blog de El Espectador, escrito a propósito de las movilizaciones estudiantiles de 2018.

“De aquellos jóvenes que logran insertarse al sistema de educación superior, el 55% del estrato 1 ingresa a la educación universitaria y el 38% lo hace a carreras técnicas y tecnológicas; en el estrato seis, los registros son del 80% y el 18%, respectivamente… En suma, los más ricos siguen teniendo muchas más posibilidades de estudiar en universidades que los pobres. De los pobres que logran entrar a una universidad lo hacen en mayor proporción en formaciones e instituciones en donde la calidad no está asegurada, por ende tampoco se asegura la promesa de tener una mejor vida en el futuro”, dice Quintero.

Para configurar la tormenta perfecta en la educación, desde el 2017 se viene detectando una reducción en las matrículas en la educación superior, y en particular en las universidades.

Las razones esgrimidas para explicar el fenómeno son variadas, pero casi todas ellas llevan, de una u otra forma, a los elevados costos de la matrícula.

La variante precio fue confirmada semanas antes del inicio de las protestas por el ex rector de la Universidad Nacional Ignacio Mantilla, en el programa radial Hora 20 de Caracol: “Digamos que es posible que eso pase en las universidades privadas, pero en las públicas como la Universidad Nacional, por el contrario, la demanda de cupos ha ido en aumento. Acaba de pasar el examen de admisión en la Universidad Nacional. Se presentaron 62 mil aspirantes. Y se recibieron 6 mil. Vamos a dejar por fuera a 56 mil jóvenes”.

Francisco Cajiao, experto en temas educativos, aseguró en el mismo programa que la decisión del Icetex de solo otorgar créditos para programas acreditados significó que 30 mil jóvenes no pudieran ingresar a la educación superior.

Alajandro Gaviria, rector de la Universidad de los Andes, al asumir el cargo, reconoció que el costo de la matrícula en esa universidad (la más costosa del país) ya alcanzó el techo.

Claramente, como él mismo lo dice, la educación no está cumpliendo con su papel de dinamizador de la movilidad social. Y esta es un bomba de tiempo.

Frente a estos desafíos, el Gobierno ha dicho que ha hecho la mayor inversión en educación de la historia, y probablemente sea cierto. Pero también es cierto que ya no es suficiente.

Fieles a la descripción de los jóvenes hecha por el periódico ‘The Guardian’, los jóvenes colombianos están menos preparados para aceptar las negativas.

A pesar de que el Gobierno dice que no hay más recursos, ellos creen que sí los hay, y que entre los dineros perdidos por corrupción y exensiones tributarias aprobadas en el Congreso -según dicen, para los más ricos- podría financiarse la educación.

Lo cierto es que todo esto conduciría a la necesidad de un escenario de negociación (el descrito por ‘The Wahington Post) que hasta el momento no ha sido posible, según los estudiantes, por la estrategia del presidente Duque de promover la ‘Conversación Nacional’, y no aceptar al Comité Nacional de Paro como interlocutor exclusivo (algo polémico), sino como uno más. No en vano los jóvenes entre 18 y 25 años son los más pesimistas (57 %, seguidos por los 26 a 40, con un 51 %) sobre los resultados de la Conversación Nacional.

Esto anticipa que habrá más jóvenes en la calle en el 2020. Si no, recuerde lo que pasó en el 2018, cuando el Presidente desconoció a los estudiantes y terminó convocando a los rectores de las universidades.

Alejandro Palacio, el representante de los estudiantes, asegura que el Presidente no escucha, y prueba de ello es la insistencia en la reforma tributaria.

“El motivo por el que marchamos hoy sigue siendo casi el mismo por el que marchamos el 21 de noviembre. Y a lo anterior se le agrega que aunque seguimos marchando el presidente no  escucha… Si por algo protestamos es por la desigualdad, pero estamos fomentando la desigualdad garantizándoles el mantenimiento de esas exensiones (a los más ricos) que son lamentables y que son terribles”, dijo en el programa Semana en Vivo.

Y los jóvenes no están solos: la población, en general (todos los grupos demográficos), pone en primer lugar a “más y mejor educación para los jóvenes” como un efecto positivo del paro, según la encuesta del Centro Nacional de Consultoría.

Parafraseando al periódico británico ‘The Guardian’, al luchar por la educación, los jóvenes colombianos lo están haciendo contra la injusticia y la desigualdad. “Sus mayores deberían estar agradecidos”.

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