Se calcula que en el país existen 20.000 rappitenderos aproximadamente y trabajan 12 horas diarias para un salario diario de $40.800

Alejandra Uribe

Ser Rappitendero no es nada fácil. Si empezamos teniendo en cuenta el curso de una hora que hay que tomar por internet o de manera presencial en el que enseñan uno a uno los pasos para lograr el éxito en los domicilios. El mío fue rápido, 10 minutos sentada en el computador y listo, puntuación de 100 sobre 100.

Además, hay que esperar casi dos horas para lograr hacer cualquier activación de la plataforma, solucionar un problema con la afiliación, incluso si quiere ser todo un Rappitendero elegante y comprar su dotación para prestar el mejor servicio, sin dejar de lado que se debe tener un mínimo de datos móviles para hacer la inscripción, hacer la afiliación y descargar lo que será la principal herramienta de trabajo.

Llegué al barrio Polo, al nororiente de la ciudad, donde me encontré con una casa enorme, de esas que ya no suelen existir en Bogotá. Estaba repleta de gente que comía empanada mientras esperaban el llamado para que la oportunidad de trabajo empezara a ser realidad.

Me acerqué a una chica, -por eso que entre mujeres nos entendemos mejor-, y le dije: “¡Hola!, ¿Qué tal es la cosa? es mi primer día”. Ella con una sonrisa me saludó y me dijo: “pues bien, es mi segundo día, lo difícil son las direcciones, pero dale, entra ahí, te dan el turno y compras la maleta”. Agradecí y caminé en medio de la multitud hasta encontrarme con el celador.

“¿Qué viene hacer?”, me preguntó, a lo que respondí: “a inscribirme, activarme para trabajar”, inmediatamente me dijo: “Tome su turno y espere hasta las 10 (dos horas), si se mueve pierde el turno”, frase tras la cual le di las gracias.

Luego de ese primer encuentro con aquel que sabe y entrega todas las indicaciones, era momento de romper el hielo con los nuevos compañeros que nos encontrábamos en esa casa oscura, una casa con olor extraño por el trapero con el que la señora del aseo trataba de ponerle una mejor cara al lugar, donde las paredes ya no son blancas sino grises del mugre y donde el naranja de Rappi resalta a plena vista

“¡Hola!”, dije de nuevo con mi cara siempre sonriente, “soy nueva, ¿qué tal es la cosa?”. Un muchacho con acento venezolano vestido de negro de pies a cabeza me respondió: “¡Jum! dicen que bien. Mi hermano lleva 6 meses y le ha ido bien, por lo menos hay para comer”.

En medio de la ignorancia y el desespero de ver que el ‘digiturno’ que está en un televisor desgastado no se movía, seguí haciendo preguntas a otros hombres, también con acento extranjero, sobre lo que sería mi trabajo.

- Bueno y ¿cómo hago mi primer domicilio si no tengo dinero ni nada?
- Tranquila, como estás en primer nivel, solo escribes en tarjeta de crédito, te dan un código y es tu boleto de pago.
- ¿Niveles?, pregunté con cara de terror.
- Sí, claro, son 6 niveles. Entre más alto, más ganas, mejores servicios de salen y puedes ganar más dinero y en efectivo.

Por fin hicieron el llamado, descargué la aplicación con la que se me permitiría conocer el mundo del Rappitendero que anda a pie, en bicicleta, en bicicleta con motor, o quizás en moto.

Llené cada uno de los pasos, me tomé una ‘selfie’ y listo, ya era una Rappitendera caminante que estaría por la ciudad con la famosa maleta naranja, que para adquirirla, tuve que hacer una fila de 20 minutos y sacar de mi bolsillo 24 mil pesos, y eso que era una pequeña.

La otra, más grande, vale 80 mil. Esto sí, se paga de contado, aunque si quizás uno no tiene dinero, se la puede llevar a cuotas, las cuales se van descontando dependiendo de los domicilios que cada Rappitendero haga.

A un cálculo al ojo, pude determinar que más de la mitad de los que estaban allí eran hombres y solo unas pocas mujeres alistábamos las piernas para recorrer las calles, entregar domicilios y recibir propinas que aumentarían las ganancias, las cuales sólo dependen de nosotros (los Rappitenderos) y que llegan a los bolsillos cada martes el día que consignan.

Estaba lista con la maleta de primípara, la aplicación activa en un teléfono Android, pues es la única alternativa para descargarla, y con mi número de registro, el 200.883, que representa a las personas que están registradas, aunque solo 25 mil están activas recorriendo las calles de la ciudad.

Era el momento de salir a trabajar, no sin antes encontrarme con los vendedores de planes móviles que casualmente también son extranjeros.

- ¿Lista para trabajar?, Me dijo un muchacho con chaqueta naranja y azul.
- Sí, estoy lista, pero quiero un plan de datos.
- Claro que sí. Están los especiales para Rappi, el que más usan es el de 39.900 pesos y te dan 2G, con eso trabajas fácil.
Agradezco al señor, y le digo que en otra oportunidad será, aunque la idea suena tentadora, porque solo con mi cédula, con el pasaporte o con el documento que sea, activan el plan.
Al otro día salgo a trabajar desde las 7 de la mañana, con mi maleta y mis piernas (mi primera herramienta de trabajo), lista para entregar los pedidos tal y como me lo habían enseñado en el curso.
Me pongo activa y la ansiedad se apodera de mí, es la primera vez que entregaré un pedido. Suena el celular y mi primer reto lleva huevos, arepas con queso doblecrema y margarina para cocinar, lo que seguramente sería un desayuno delicioso. Corro al almacén que me dicen y allí me encuentro con mi shopper.
¿Un shopper? Sí, la persona que ayuda a los Rappidtenderos para tener listos los productos seleccionados por el cliente. Todo esto para lograr que llegue el pedido más rápido y en la calidad adecuada. Como no sabía eso, entré como loca a recoger mis productos, aunque apareció mi ángel guardián. Me dio la factura y pasó mi cédula.
Corrí hacia la subida a La Calera, donde entregaba mi primer domicilio, y que dejaba en mis bolsillos 3.720 pesos. Llegué con una sonrisa, la de siempre, pero los celadores no me dejaron subir, me dijeron que dejara el pedido y me fuera. Al final tuve una propina que no llegó en efectivo a mis manos, aunque me quedó la satisfacción de haber entregado mi primer domicilio, pese a la carrera y el dolor de piernas.
El segundo pedido tenía una propina de 1.500 pesos, los cuales no tenía en mi bolsillo y me hicieron feliz. Este reto también parecía un desayuno: una torta, un palito de queso y un café. Por error salí corriendo en medio de mi afán por llevar el domicilio y la aplicación me recordó que tenía que llevar los utensilios para comer, me devolví y un compañero de mi nuevo trabajo me dijo: “Mija, envuélvalos bien, porque no te aceptan los cubiertos así por higiene”.
Miro como lo hace él y tomo todo, lo envuelvo en una servilleta y de nuevo salgo corriendo. Logré en casi 20 minutos hacer mi segunda entrega con la que ya acumulaba 7.934 pesos en mi bolsillo. Nada comparado con los 129.984 pesos que se hizo un nuevo amigo trabajando el lunes de 7:30 de la mañana a 8 de la noche.
Al día siguiente, en mi segunda jornada, recibí de pedido un domicilio de un mercado completo: soda, limones, maní, queso y canela. Con este ya eran 2 mil pesos en mi bolsillo a las 6:30 de la mañana, aunque este día no fue tan fructífero, pues solo hice dos domicilios que me dejaron apenas 5 mil pesos en los bolsillos y la sensación que los vigilantes y los domiciliarios no se la llevan muy bien.
El final de mi breve trabajo como Rappidtendera me dejó no solo 14 mil pesos de ganancia, sino las piernas desgastadas, la espalda ultrajada, y eso sí, unos buenos amigos extranjeros que día a día trabajan con Rappi.

Por Alejandra Uribe