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Laura Moisá, codirectora del Banco de la República
La codirectora Laura Moisá planteó que la política monetaria debe evitar que el cumplimiento de la meta de inflación implique tener costos sociales
En contra de las expectativas de los principales analistas del mercado financiero, la junta del Banco de la República decidió mantener, de manera unánime, la tasa de interés en 11,25%.
Eso ocurrió tras un mes de discusiones entre el mismo Emisor y el Ministerio de Hacienda, en torno al rumbo que debería tomar la política monetaria. Laura Moisá, codirectora del Banco Central, explicó que la junta consideró que era idóneo mantener la tasa ante la volatilidad del mercado. También dijo que debe darse el debate sobre la meta de inflación.

Sí, hay señales. El IPP aumentó principalmente por el alza en insumos como la urea, el petróleo y la gasolina. Eso, muy probablemente, terminará impactando la inflación. En la junta de junio se tomará una decisión con más claridad, evaluando qué parte de la inflación responde a choques de oferta y qué tan efectivas pueden ser las políticas para contenerlos.
Es un debate que hay que dar. Más allá del número, lo importante es entender qué representa y cómo se articula con objetivos como el empleo y el crecimiento. También existe la opción de ampliar el rango de tolerancia, como ya lo han hecho otros países. Actualmente, estamos en un rango de 2% a 4%, y hay experiencias internacionales que permiten evaluar ajustes sin necesidad de modificar la meta como tal.
Lo importante es transmitirle a la ciudadanía que no se trata de un problema de credibilidad del banco ni de inacción, sino de una evaluación integral de las condiciones actuales, buscando evitar que el cumplimiento de la meta implique costos sociales más altos.
Las razones son claras. El mundo está en un nivel de incertidumbre altísimo por los conflictos y la volatilidad es muy fuerte; por eso el consenso en la junta fue esperar para obtener más datos para tomar otra decisión al respecto de la política. Además, ya se había hecho un aumento importante de 200 puntos básicos en las reuniones pasadas y aún no es posible ver sus efectos reales, en medio de expectativas sobre la guerra y los procesos electorales.
Fue una sorpresa positiva. A pesar de las incomodidades previas entre el ministro y el banco, se logró un debate público en el que se pusieron muchas cosas sobre la mesa. Eso permitió reconocer diferencias, pero también la necesidad de llegar a un acuerdo, sobre todo por la incertidumbre actual. Si Colombia no actúa de manera coordinada entre la política fiscal y monetaria, podría enfrentar mayores dificultades.

Las expectativas pueden ser un insumo útil. El problema es incorporarlas directamente en los modelos como si fueran señales estables. Hoy están marcadas por una altísima volatilidad y son muy difíciles de interpretar, incluso a nivel individual. En un entorno así, agregarlas para la toma de decisiones resulta aún más complejo.
Hay consenso en que existen presiones de demanda, pero el gran debate es por qué no está reaccionando la inversión. Esa es la principal diferencia en la lectura actual dentro del banco. En este momento, cuando la inversión apenas empieza a reaccionar, un ajuste apresurado podría ser contraproducente. Esto no es exclusivo de Colombia. Todos los países están enfrentando el mismo dilema: cómo reactivar la economía, fortalecer la industria y ganar resiliencia. El banco se está tomando el tiempo necesario para evaluar el camino a seguir en los próximos meses.
En enero, el indicador se situaba en 55,2% del PIB, lo que implica una disminución del stock de deuda cercana a US$1.000 millones.
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