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Pensar que el rostro era presencia y la voz huella indisoluble.
Hoy, los dos pueden ser fabricados o suplantados.
En mi registro, el rostro ha sido una hermosa forma de aproximarse a la vida en curso, un asomo a la ventana de la existencia, una manera de presentarse e identificarse, una composición sutil llena de memorias, aires, luces, caricias, miradas, pérdidas y logros. Una forma de identidad expuesta. La suma de fragmentos que componen una historia propia.
Y la voz ha sido mucho más que un sonido. Es la vibración del ánimo, la resonancia de la fuerza o de la fragilidad, la expresión pura del espíritu en relación con sus entornos. Una manifestación única con alcances casi divinos gracias a sus matices, sus texturas, sus cadencias. Otra forma de identidad expuesta. Otra suma de fragmentos que componen una historia propia. Rostro y voz: dos rasgos humanos pensados como irrepetibles. Pero hoy, los dos pueden ser fabricados o suplantados. Y claro, como todo sucede en medio de los “sorprendentes” avances tecnológicos, el fondo real se minimiza, se distrae, se camufla, y tristemente, quien lo advierte se asemeja a un dinosaurio.
¿Qué pasa verdaderamente cuando el rostro y la voz pueden ser manipulados o reconfigurados sin ningún consentimiento?
Ocurre algo más grave que un fraude digital. Cuando la tecnología puede manipular la identidad y sus rasgos de manera milimétrica, entramos en un espacio muy inquietante.
Cuando ambos, voz y rostro, pueden ser convertidos en archivo editable, intercambiable y viralizable, no estamos ante un simple avance, estamos frente a la banalización de la identidad, abriendo el espacio a que la suplantación se convierta en entretenimiento, a que el popular “deepfake” sea solo un recurso creativo, y a que la manipulación de identidades se trivialice en nombre de la innovación.
Cuando una sociedad no puede creer en la evidencia visual ni en la evidencia sonora, entonces ¿sobre qué nos sostenemos? ¿Sobre el vacío de una confianza dinamitada y manoseada? ¿Sobre la suerte de no caer en ese abismo? ¿Sobre las inocuas, peligrosas e inconclusas rectificaciones? o ¿sobre la “palabra” de quiénes dominan el mundo y la información?
¿Sobre qué nos sostenemos? Es mucho más grave de lo que parece.
Custodiar rostros y voces, salvaguardar la identidad, no puede ser un gesto nostálgico. Es una responsabilidad ética, moral y política. Advierte y requiere marcos regulatorios claros, los cuales hoy no existen y no parece haber voluntades determinantes para que así sea.
La celebración de la expansión infinita, de la velocidad y del alcance ilimitado no es más que un atropello a la dignidad humana. ¡Ahí estamos! Sintiendo todo tipo de aberraciones ocultas u ocultadas, pero en medio de la algarabía de todo lo que es susceptible de ser justificado: la muerte en nombre de la paz, el ataque preventivo, la inteligencia artificial desmedida, la viralización en metástasis. La distorsión de la verdad se expresa en múltiples pisos y tópicos.
Si todo se sigue convirtiendo en un recurso manipulable sin restricción, habremos perdido el control y el sentido natural de la vida.
Un mundo donde todo puede ser generado es un mundo falso. Un territorio donde el desafío es seguir distrayendo, engañando y creando mejores simulaciones para acabar así con todo lo bello de lo irrepetible.
Bien lo pedirá el Santo Papa León XIV, inspirándonos a muchos, en el manifiesto que presentará el próximo 17 de mayo en la Jornada Mundial de las Comunicaciones 2026, una invitación a custodiar todo lo humano y a promover mensajes “que esclarezcan, no que confundan, que acerquen, no que aíslen, capaces de reflejar la belleza del encuentro”.
Hay que leer para aprender, leer para recordar y leer para comprender. No es una destreza automática; es un diálogo que se cultiva en aulas y salones de lectura, donde los niños racionalizan lo que ven y leen
Para empresas y ciudades, el reto no es solo atraer público, sino diseñar experiencias multisensoriales memorables. En la Colombia actual, consumir ya no es solo poseer: es vivir, sentir, grabar y postear