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Al salir del centro de convenciones de Cartagena, después de oír a Lea Ypi, una escritora albanesa, sobre cómo un problema del capitalismo, en su definición, era que ponía en su centro al capital, o cosas, y cómo la belleza del socialismo, en su teoría, es que ponía a las relaciones sociales, o gente, en su núcleo, me sorprendió la ironía de toparme con una docena de manifestantes enarbolando la bandera palestina, criticando la presencia de la líder política venezolana María Corina Machado en el evento y gritando: “Hay Festival fascista, no te queremos en Cartagena”.
El valor del festival, para “La Heroica” y para Colombia, es la diversidad de ideas de sus participantes y la capacidad de debatirlas en el escenario frente a una audiencia donde se oyen acentos paisas, caleños y costeños, en la cual hay hijos, padres y abuelos, y en la que confluyen académicos, empresarios y servidores públicos. Nada menos recomendable, a mi parecer, que cancelar un espacio de debate intelectual en medio de una era de posverdad, donde gritos estridentes acallan verdades evidentes.
“Las verdades son relativas, pero las mentiras son absolutas”, dijo Leonardo Padura, un renombrado escritor cubano. Sus palabras me cruzaron como un rayo y me cegaron como un relámpago. Juan Gabriel Vásquez, un popular novelista colombiano, lo complementó, lamentando una de las grandes dificultades del periodismo actual: la creciente incapacidad de escribir sobre lo que ha pasado, sobre los hechos como los vivimos, enfrentados ante máquinas propagandísticas que reescriben la historia a su antojo y beneficio. Nadie es dueño de la verdad, afirmó Leila Guerriero, escritora argentina; depende del punto de vista del espectador, pero la mentira es indefensible e imperdonable en el ejercicio del periodismo, es una traición al rol moral del cuarto poder: la prensa.
La importancia de poder interpretar localmente nuestra propia realidad fue recalcada por Fernando Arancón, un periodista español. Es fundamental tener medios fuertes en nuestro país para contar nuestras historias, en nuestro lenguaje, con nuestra propia perspectiva. Es crucial equilibrar la balanza para que la historia sea proporcional, como explicó Denise Maerker, una aclamada periodista mexicana, para vernos con nuestros ojos y sopesarlo con los de los otros. Para hacerlo, para construir nuestra propia perspectiva nutriéndonos de la de los demás, tener un espacio como el Hay en Cartagena es un regalo y un privilegio.
El mundo atraviesa una etapa de pesimismo generalizado, de miedo ante pandemias globales y amenazas nucleares apocalípticas, de riesgos a la democracia y al humanismo, de censura y de polarización. Son estos espacios, en los que se congregan diferentes visiones y se invita al diálogo, los que nos permiten sentir la esperanza de que, como humanidad, podemos debatir en paz, disentir con confianza y construir colectivamente.
Agradezco a los organizadores, patrocinadores y expositores del festival porque reunirse por cuatro días a ver la realidad con ojos de escritores, pensadores y periodistas es una señal de que la gente quiere discutir ideas, compartir preocupaciones y llevarse reflexiones para levantarse el lunes a hacer las cosas mejor. En mi caso, ondeo la bandera de Colombia y exclamo con orgullo y optimismo: “Hay Festival universalista, nunca te vayas de Cartagena”.
No podemos perder de vista que el enemigo común es Cepeda. El heredero de Petro, el encargado de culminar la tarea de convertir a Colombia en un régimen comunista
Dentro de ese ecosistema, el Halftime Show es el punto de mayor audiencia del evento y funciona como una plataforma de comunicación
Datos evidenciados a través de estas experiencias, lideradas entre Instituciones de Educación Superior y agencias de educación estatal y territorial, interpelan directamente al sistema