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ANALISTAS 22/08/2026

Respirar no es automático, es una decisión

Tatiana Arango M.
Macroeditora digital de Diario La República

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Empecemos de una vez con el debate, porque respirar es posiblemente el acto más automático de nuestra rutina. No tenemos que pensar cuando inhalamos o exhalamos. Pero sabemos que lo hicimos porque, a ver, estamos vivos. El cuerpo se encarga de esa tarea mientras trabajamos, dormimos, hablamos o pensamos en cualquier cosa, hasta en respirar. Entonces, ¿por qué digo que respirar es una decisión? Porque una cosa es respirar y otra muy distinta darse cuenta de que estamos respirando.

Hasta el momento hemos llegado, pausado, reconocimos dónde estamos, escuchamos el cuerpo, cultivamos la presencia y, en medio de todo eso, hemos decidido quedarnos. ¿Y qué hacemos una vez elegimos eso? Pues respiramos. En la práctica de yoga, la respiración es una herramienta que sirve para anclar la mente al tapete, al presente, al movimiento y a la meditación. En una postura incómoda, cuando la mente dice “salga”, la respiración permite permanecer; en una conversación difícil, también. Antes de responder con rabia, antes de tomar una decisión, antes de entrar a una reunión complicada o antes de enviar ese mensaje que quizá no deberíamos enviar, una respiración puede crear el espacio tan necesario entre lo que ocurre y lo que hacemos con eso.

Ahí empezamos a sacar la respiración como herramienta del tapete y la llevamos a la vida diaria. En yoga existe un concepto conocido como pranayama, que es uno de sus ocho pasos. Aunque muchos lo traducen como el control de la respiración, el término va mucho más allá. Pranayama se refiere al control de la energía vital. Y la respiración es la herramienta que permite ejercer ese control. No tenemos que ordenarle al corazón cada latido, tampoco decidimos conscientemente hacer la digestión. Pero con la respiración ocurre algo particular: podemos decidir cómo respirar cuando queramos hacerlo.

¿Queremos activar la energía? Respiremos más rápido. ¿Necesitamos relajarnos? Alarguemos la exhalación. ¿Deseamos concentrarnos? Alternemos la inhalación y exhalación entre las fosas nasales. ¿Queremos respirar más profundo? Usemos toda la capacidad desde el abdomen hasta las clavículas.

Eso convierte la respiración en un puente interesante entre aquello que ocurre sin nuestra intervención y aquello sobre lo que sí podemos ejercer cierta voluntad. Por eso, aunque todos podemos respirar, lo que la práctica de yoga nos enseña es a relacionarnos de forma consciente con la respiración, a observar ese acto que lleva acompañándonos silenciosamente desde que llegamos a este mundo, y que será el último que hagamos cuando nos vayamos de él.

El problema es que no usamos esta herramienta. Dejamos que inhalar y exhalar sean acciones automáticas, inconscientes. Y no nos preguntamos cómo estamos respirando mientras la vida está pasando. Cuando tenemos miedo ese ritmo cambia, también lo hace cuando estamos tranquilos, cuando nos emocionamos o cuando estamos furiosos. La respiración cambia con nosotros. Pero el yoga plantea un camino inverso: si las emociones modifican nuestra respiración, ¿puede nuestra respiración cambiar la forma en la que pasamos por ciertas emociones?

La respuesta es sí. Y hay que cultivar pranayama para lograrlo. En ese sentido, decidimos respirar cuando elegimos dejar de hacerlo inconscientemente.

Ahora, empecemos a cultivar este pequeño gran acto de rebeldía.

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