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Analistas 17/06/2026

POT-BNB

Simón Gaviria Muñoz
Exdirector de Planeación Nacional

Mientras varias ciudades avanzan en la actualización de sus Planes de Ordenamiento Territorial (POT), el impacto estructural de las plataformas digitales de alojamiento no puede seguir ignorándose en el debate urbano. Colombia está en un auge turístico, con crecimiento en la llegada de visitantes cercano a 67%. Estas plataformas digitales no pueden seguir viviendo en la ambigüedad regulatoria; son un motor del fenómeno turístico de la economía urbana. Solo en 2024, la actividad de anfitriones y huéspedes en Airbnb generó un impacto económico superior a $10,6 billones en Colombia. Es ahora de definir, para bien o para mal, su futuro.

Este fenómeno de plataformas de alojamiento trasciende la provisión de hospedaje: $1,6 billones correspondieron a ingresos de anfitriones, mientras más de $9 billones se destinaron a servicios locales. La gastronomía generó ingresos superiores a $2,8 billones, con un gasto promedio cercano a $500.000 por huésped. El sector del entretenimiento superó los $2,1 billones, mientras que las compras alcanzaron más de $2 billones. El turismo de plataforma actúa como un dinamizador transversal de la economía urbana.

No obstante, el dato más relevante para la planificación territorial es que más de 40% del gasto de los visitantes se realiza en los mismos barrios donde se ubican los alojamientos. Este comportamiento demuestra que las plataformas no solo fortalecen los centros turísticos tradicionales, sino que también redistribuyen la actividad económica hacia zonas residenciales, modificando los patrones de uso del suelo, la movilidad, el comercio de proximidad y las dinámicas de convivencia.

Frente a esta realidad, los POT no pueden seguir diseñándose exclusivamente con categorías e instrumentos de una economía urbana analógica. La discusión ya no se limita a determinar cuántos metros se destinan a vivienda, comercio o servicios; el verdadero desafío radica en incorporar fenómenos como la economía colaborativa, la digitalización del turismo, las plataformas de intermediación y la creciente hibridación de los usos urbanos.

Ignorar estas dinámicas implica riesgos evidentes: presión sobre el mercado de vivienda, conflictos de uso en barrios residenciales, sobrecarga de infraestructuras y servicios públicos, así como la posible pérdida de identidad social. Sin embargo, una planeación adecuada puede transformar estos desafíos en oportunidades: formalizar actividades económicas, diversificar las fuentes de ingresos de los hogares, fortalecer el comercio de proximidad, revitalizar barrios tradicionales y promover una distribución más equilibrada de los beneficios del turismo.

Se requieren sistemas de información basados en datos que permitan monitorear la rotación de los alojamientos turísticos. En segundo lugar, esquemas regulatorios flexibles que equilibren la promoción de la actividad económica con el tejido social. En tercer lugar, estrategias de movilidad, seguridad, espacio público y prestación de servicios adaptadas a la nueva geografía del turismo.

Las ciudades que hoy actualizan sus instrumentos de ordenamiento enfrentan una oportunidad histórica. El debate no debe centrarse únicamente en regular las plataformas digitales, sino en comprender cómo estas están redefiniendo la forma en que se habita, se consume y se produce valor en el territorio.

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