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Están muy equivocados quienes creen que la mayoría de los colombianos votarán este 21/VI por asuntos técnicos como la crisis fiscal, la abultada deuda pública y el bajo PIB que deja Gustavo Petro, la independencia del Banco de la República o una errada política exterior, todos esos temas importantes que hay que enfrentar, pero que no son determinantes en la concepción de vida, principios y sentimientos de todos.
Más sencillo que todo eso. Con toda razón, la mayoría de los colombianos tienen rabia y sed de cobrar, sin venganza ni violencia, sino porque se sienten defraudados, en el sentido literal, por unos personajes farsantes y mala gente, como decían los mayores. Aunque la representación de ese papel la tienen en primer lugar Gustavo Petro y su banda y, automáticamente, la hereda Iván Cepeda, no se salvan muchos de atrás, que siempre entran en la manguala burocrática arrasando valores, como pasó en 2022.
Y esa bronca de la gente y el temor por desmejorar su vida van más allá de las formas, aunque también pasa en todo el mundo. El orden está claro: seguridad, salud, empleo y costo de vida, buen manejo y decencia del gobierno y luego la chorrera que pregonan los quejumbrosos de la polarización, como Sergio Fajardo, que no tienen cabida porque no asumen una posición frente a las necesidades. Piensan que ganan con el Sí y el No.
Hace unos días, el periódico El Colombiano, de Medellín, publicó un informe muy serio que aterra sobre este gobierno: “...90 escándalos documentados. 90 episodios en los que el Estado falló, mintió, derrochó, persiguió, nombró a quien no debía, protegió a quien no merecía o simplemente no llegó. 90 testimonios de un cuatrienio que intentó torcer el rumbo de la república y que, en ese intento, reveló algo que quizás no esperaba revelar: que Colombia, herida y todo, sigue en pie”. ¿A quién no le produce esto un grito de rabia? Y en eso estamos, sin necesidad de manuales intelectualoides. El pacto de la Picota, en cabeza de un Petrico; las chuzadas de Laura Sarabia; el inescrupuloso presidente de Ecopetrol y su junta; la trampa para ganar las elecciones con “papá Pitufo” a bordo; la hediondez en la Ungrd, con dos ministros presos y el jefe de la oficina prófugo; el descaro de la familia presidencial; el irrespeto y mal comportamiento de Petro; el lastre de denuncias e impunidad por acoso sexual y violencia de género de Armando Benedetti, Hollman Morris, Mauricio Lizcano y Daniel Flórez; el desprecio por la salud; la irresponsable contratación burocrática; el chantaje a los empresarios y gremios; el oso de Petro en la lista Clinton y un gran desorden en los ministerios, es solo un inventario muy parcial de la corrupción en el desgobierno 2022-2026. Peor que antes.
Del sainete irresponsable de la ridícula “paz total” no queda vestigio o, mejor, queda mucho daño: Miguel Uribe asesinado, un desmantelamiento sin precedentes de las fuerzas militares, un crecimiento de 87% de los grupos criminales, más de 1.500 ataques terroristas, récord en los cultivos ilícitos, la degeneración en las cárceles y más de 500 ciudadanos secuestrados, y la extorsión por doquier.
“Rescatando a Colombia”, un interesante libro de la Fundación Innovación para el Desarrollo, que preside Iván Duque, expone cómo desactivar cinco “bombas” que pueden afectar a Colombia en el futuro de forma irreversible, herencia de Petro: además de la inseguridad, la crisis fiscal, la energética, la salud y las caóticas relaciones internacionales.
Sin duda alguna, esas “bombas” y todas las enunciadas generaron un ambiente de miedo y bronca de los colombianos hacia todo lo que el gobierno Petro representa. Un “levantamiento democrático” para enfrentarlas con decisión y esperanza. Si eso es polarización, bienvenida: no más un país rehén con el petrismo al frente de Colombia. Un nuevo aire de país desde el 21/VI. La radical decisión está tomada.
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