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Además del drama humano y económico por el terremoto, el impacto del fenómeno de El Niño y los incendios, la inseguridad en los territorios y el caos en la salud, la atención de muchos colombianos se centra, con razón, en el tema fiscal, explicado sofisticadamente por los expertos y manipulado políticamente por otros, luego que el ministro de Hacienda lo desnudara simplemente con hacer aritmética de sumas y restas elementales: al gobierno le falta mucha plata para cubrir las necesidades, pero no es una catástrofe y hay tiempo para enfrentarlo y mecanismos para hacerlo.
El déficit fiscal es una cuenta de saldo que no se borra a 31 de diciembre, sino que crece o se reduce por períodos. Los países con superávit en el mundo son la excepción, no la regla.
Sin embargo y sin desconocer la gravedad de esos asuntos, a los que con seguridad se encontrará una salida favorable, hay otros muy delicados que preocupan y que son determinantes para el bienestar del país. Uno de ellos, no el único, tiene que ver con el desolado panorama de las exportaciones colombianas, más allá de creer que su principal causa es la tasa de cambio revaluada, pues esta es solo una más y no la más grave porque no es exclusividad de nuestro país, sino producto de fenómenos como la depreciación del dólar empujada por el mismo EE.UU. y factores externos sobre los cuales la autoridad no tiene mayor control.
Colombia alcanzará este 2026 un déficit comercial récord de US$20.000 millones, pues sus exportaciones de bienes se han estancado en US$50.000 millones, 20% menos que hace diez años, y las importaciones serán US$70.000 millones, 25% más.
Un déficit comercial no es malo por sí mismo. Independiente de cómo se cubre, lo que importa es su composición, pues si se están trayendo bienes de capital, tecnología, máquinas, equipo e insumos, es inversión para mejorar la competitividad y el crecimiento.
Aunque con la mayoría de los países desarrollados hay un saldo negativo, el caso más dramático es China, al que le vendemos US$2.000 millones, pero le compramos nueve veces más. Y ahí se explica por qué las importaciones de bienes de consumo representan ya 30% del total, incluyendo que solo los vehículos particulares suman US$5.000 millones al año. Las materias primas son 46%, lo que demuestra la baja competitividad de la producción nacional para abastecer el mercado interno, y los bienes de capital son apenas 24%. Así, ni la revaluación del peso empuja la etérea narrativa de la reindustrialización, y solo gracias a las remesas aquí se compra tanto cachivache importado.
Pero el drama mayor del comercio exterior de Colombia está en nuestras exportaciones. Ocho productos representan 70% de lo vendido y, excluyendo al petróleo, aceites y minerales, solo se destacan café, flores, palma y banano, base exportadora desde hace mucho tiempo. Solo el aguacate está apenas apareciendo. Sin duda que todos soñamos con venderle a los ricos, como EE.UU., Alemania, Japón y China, pero con lógica: la mitad de lo que le vendemos a Estados Unidos es petróleo, chatarra y oro, y con café y flores alcanzamos 80%, y obvio que no hay que abandonar ese gran socio, pero la verdad es que a Latinoamérica le vendemos más en monto y diversificación. Y solo tenemos balanza favorable con Ecuador, Perú y Chile, lo que los hace nuestros verdaderos socios.
Colombia tiene el más bajo índice de exportaciones per cápita de Latinoamérica, pero nuestra balanza comercial es favorable con los países vecinos y las exportaciones crecen bien a Brasil y México y, en general, a los de Aladi, principalmente las que salen del agro y la industria liviana.
Por eso, sin ser despectivo, los exportadores deberían seguir la humilde estrategia de los tenderos: maximizar las ventas en el barrio antes de irse a otras partes. Y el gobierno debe empujar políticas en concordancia.
El camino obligado del ajuste es correcto; será mucho más corto si se recorre con el subsuelo trabajando a favor
Una mala idea que ha conducido a pueblos enteros a la hambruna y el desastre ambiental, y que podría ser igualmente letal en un país tan heterogéneo como Colombia