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Conversación con empatía

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Sharon Hernández Periodista y experta en comunicaciones

Que el privilegio no te nuble la empatía. Esta ha sido una de las expresiones más recurrentes durante las jornadas de protesta en Colombia y que, entre la variedad de mensajes, cobra especial sentido por su significado histórico.

La cultura del privilegio ha sido algo propio de América Latina desde la época de la conquista y colonización. La Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal) se refiere a esto como “la naturalización de la diferencia como desigualdad y la reproducción de las desigualdades por medio de estructuras e instituciones sociales (…) La cultura del privilegio garantiza asimetrías en múltiples ámbitos de la vida colectiva”.

Las recientes protestas que sacuden varios países de América Latina, incluido Colombia, en su esencia, llaman a la reducción de las desigualdades y al cierre de brechas sociales. Un llamado que merece atención si se tiene en cuenta que, en 2018, alrededor del 30,1% de la población regional estaba bajo la línea de pobreza, mientras un 10,7% se encontraba bajo el umbral de la pobreza extrema, de acuerdo con el más reciente informe Panorama Social de la Cepal, presentado en Chile.

Pero las manifestaciones van más allá de un llamado relacionado con las desigualdades de medio; existe un clamor por la igualdad de capacidades, autonomías, derechos, y reconocimiento. La lucha por el reconocimiento ha movido la historia humana. No basta con la posesión de bienes materiales, la gente quiere ser escuchada y que se le reconozca dentro de la pluralidad de identidades.

En el caso colombiano, las protestas -las pacíficas porque lo demás es vandalismo y no merece nublar lo legítimo- han estado lideradas principalmente por jóvenes, nuevas generaciones, cada vez más activas en el ejercicio político. Es innegable que hay un nuevo contexto en el cual otros actores quieren tener mayor participación en las decisiones que impactarán su presente y futuro. Es bueno ver a los jóvenes demandando activamente una mejor educación, implementación de los acuerdos de paz, entre otros.

Ahora bien, es necesario que los llamados se hagan en el marco del respeto por el otro,  por la diferencia, y por lo que, como sociedad, hemos construido. Los síntomas de la polarización y la pérdida de confianza institucional no pueden llevar a querer destruir lo alcanzado.

No podemos reducir el valor de la conversación, -ya lo hemos hecho en muchos ámbitos de nuestra vida fruto de la irrupción tecnológica-, por eso el llamado a la Conversación Nacional, hecho por el Gobierno, debe verse como algo positivo. Colombia y sus actores necesitan poder dialogar hasta encontrar concensos.

Se requiere voluntad de parte y parte para escuchar y ser escuchados, mantener una visión realista de nuestras capacidades y recursos, dejar a un lado los preconceptos, restablecer la confianza en el otro, comprender las necesidades de quienes llaman desde las calles, pero también las responsabilidades de quienes toman las decisiones. Al final, eso también es empatía.

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