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Estando en un café y repostería, le escuché decir a una mujer: “Véndame un pandequeso”. La vendedora le entregó un panecillo abultado, por el que la clienta reparó: “Esto no tiene hueco y a mi papá le gusta el pandequeso original”. “Es el pandequeso que vendemos aquí”, respondió la vendedora y continuó diciendo: “Solo que nosotros no lo elaboramos con hueco en el medio”. La compradora, escéptica y a regañadientes cedió: “Lo llevaré, pero créame que mi papá es experto en pandequesos auténticos”. Hasta ahí, la escena que me dejó pensando que, también en mi imaginario, los pandequesos tenían que saber a queso, a almidón de yuca y sobre todo tener hueco en la mitad, so pena de no saber igual. No vi que la dudosa compradora regresara con reclamo alguno, no obstante, seguí pensando en la especificidad de las cosas y como compramos lo deseable y verificado a través de la experiencia singular. Volví a mis clases de filosofía del “ser y el ente”. El ente es una cosa, algo que es, el ente es lo que existe y no puede estar sometido al cambio. El ser determina al ente en cuanto ente, sea material o mental.
La especificidad se plantea en la medicina, la química, la comunicación (asertividad), la estadística y en la oferta de productos, cada vez más específicos. De un producto -ente- y su especificidad, se espera exactitud, precisión y singularidad. El pandequeso en la mente de la compradora era un ente distinto al de la vendedora. Las características de un producto son sus rasgos, que pueden ser físicos o intangibles. Los productos tienen propiedades sustanciales según su finalidad y forma (tangibles o intangibles). Las cualidades físicas y sensoriales del producto-organoléptico-, percibido por los sentidos, imponen la preferencia: el envase y su contenido, color, composición, olor, tamaño, peso, textura, etiquetado, incluso si es nacional o importado, entre otros. Miremos otra escena y ejemplo, en Colombia, se prefiere la cobija ecuatoriana descrita como la “tres tigres”- por el dibujo de esos felinos en la trama- pero cuidado, se advierte en mayúscula, “que sea la original y no cualquier copia” con mininos que no intimiden o con perros de colmillos grandes imitando fieras. Lo que como vendedores desdeñamos por caprichoso, es para el consumidor, la especificidad del producto que satisface.
Ni lo sacro se escapa de la especificidad. Mientras estaba en un monasterio, presté atención a uno de los monjes que pretendía impresionar a una pareja que buscaba ayuda para acabar con una mala racha. Determinante, el monje le dijo en voz alta a un joven mozuelo que fungía como ayudante: “Rápido, tráeme agua bendita”. Y repuso: “Oye, pero de la exorcizada”. En síntesis, el énfasis de la expresión, exorcizada, era un intento persuasivo del histriónico siervo, para dar especificidad al producto y de paso generar infalibilidad a los afligidos, que apreciarían más un agua con más atributo, que la bendecida. Somos tan específicos, como la especificidad de los objetos y experiencias que frecuentamos.
En la vida personal ocurre lo mismo. Permanecer donde no se quiere estar, sostener lo que ya no tiene sentido o evitar decisiones por miedo a lo desconocido no es estabilidad
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