Analistas

Pobreza absoluta vs. Pobreza relativa: un Gini ponderado

Durante las últimas décadas, los organismos internacionales y la banca multilateral han venido impulsando programas de erradicación de pobreza, consolidándose como el principal objetivo de desarrollo sostenible para 2030 (ver Naciones Unidas, 2015).

Al respecto, Anif ha venido argumentando de tiempo atrás que la magnitud de la problemática (con un 10% de la población mundial en condiciones de pobreza extrema) amerita examinar la racionalidad de dichas estrategias y la mejor forma de ganar eficiencia en la aplicación de los recursos. Allí, lo primero que se debe aclarar es que dichos programas deben focalizarse en la llamada lucha contra la pobreza absoluta, de tal manera que la mejoría en los ingresos y el acceso a los servicios públicos básicos se focalicen en reducir la porción de población que vive por debajo de las llamadas “líneas de pobreza e indigencia”. Esta debe ser la prioridad 1-A. Trazarse metas específicas de mejor distribución del ingreso (medida a través del Gini) tiende a ser algo complejo, especialmente cuando se sabe que el socorrido expediente de progresos educativos suele conducir a perpetuar diferencias de ingresos (ver Informe Semanal No. 837 de junio de 2005).

Cabe recordar que la creciente automatización de los procesos continuará presionando los salarios a la baja, particularmente de los trabajos de ingresos medios en empleos vocacionales (siendo los más representativos en los países desarrollados). Lo anterior estará dejando a una baja proporción privilegiada de trabajadores con altos ingresos (presionando al alza el Gini), en especial a aquellos enfocados en los “liberal arts” como las ciencias-sociales, las matemáticas o la literatura (ver Zakaria, 2015).

Esta dicotomía se ha hecho evidente en Estados Unidos: si bien se han logrado disminuciones en los indicadores de pobreza absoluta (descendiendo de 15% a 13% de la población durante 2010-2016), se ha agravado la concentración de los ingresos, pues su coeficiente Gini se ha elevado de 0,47 hacia 0,48 debido a que los mejor capacitados se están llevando buena parte de los beneficios.

Algo similar ha ocurrido en el caso de Colombia, donde los avances en la lucha contra la pobreza de la última década (llegando a niveles de pobreza absoluta de 28% de la población en 2016 vs. 45% en 2005) no han estado acompañados por ganancias significativas en términos de equidad. En efecto, la concentración del ingreso se mantiene en niveles muy elevados, donde el coeficiente de Gini tan solo ha logrado reducirse hacia un 0,52 en 2016 (vs. 0,56 observado en 2005), siendo este uno de los peores registros de América Latina (con un Gini promedio de 0,48).

Ante esta disyuntiva, cabe preguntarse: ¿qué ocurría con la medición del Gini si se ajustara por las recientes ganancias en pobreza absoluta y por mejoras en la movilidad social de los estratos más bajos? Para responder a esta pregunta, Anif ha estimado un “Gini ponderado” para Colombia basado en: i) la distribución de los ingresos salariales de acuerdo con el Pila, donde es bien sabido que el salario medio del sector formal ha ido convergiendo hacia un salario medio de 1,4 SML; y ii) la matriz de transición, la cual indica la probabilidad de trasladarse de un quintil a otro (ver Angulo et al., 2012). El cuadro adjunto ilustra cómo la probabilidad de ascender desde el nivel inferior (quintiles 1-2) hasta el superior (quintil 5) es tan solo de 6% en Colombia, mientras que la probabilidad de mantenerse en el mismo nivel es tan alta como 61%.

Teniendo en cuenta lo anterior, hemos calculado un Gini-ajustado para Colombia, asignándole ponderaciones dife- renciadas (positivas en los ascensos y negativas en los descensos) a los individuos que logran trasladarse entre quintiles. De esa manera, le asignaremos una doble ponderación “por logro en el ascensor social” a aquellas personas cuyos padres se ubicaban en el nivel inferior (quintiles 1-2) y logran ascender al nivel medio (quintiles 3-4). En el caso de un “súper logro en el ascensor social”, pasando de quintiles 1-2 al quintil 5, asignaremos una ponderación triple. Así, el gráfico adjunto muestra cómo el Gini de Colombia lograría descender del actual 0,52 a 0,47 gracias a esos logros diferenciados de ascenso social. Si ello ocurriera, Colombia se acercaría al promedio de América Latina (0,48), aunque todavía estaríamos muy lejos de 0,32 que se observa en la Oecd.

Lo anterior sugiere que es muy difícil trazarse metas de mejoras relativas en ingresos, especialmente cuando se aduce que la solución es “una mejor educación”, pues los estratos altos suelen tener mejores oportunidades y capacidades para sacar ventajas relativas. De allí que la prioridad debe ser focalizarse más en la lucha para reducir la porción de la población que vive bajo línea de pobreza o indigencia.

Y con relación a la educación, continúa siendo preocupante que en Colombia: i) la población con acceso a jornada única en educación pública tan solo sea de 9%; ii) la cobertura (neta) en educación superior asciende a 52%; y iii) el acceso a estudios vocacionales-tecnológicos no supere 20% (ver Comentario Económico del Día 24 de agosto de 2017). Sin buena calidad educativa, tampoco será posible incrementar la productividad y el PIB-potencial de Colombia, bases para continuar reduciendo la pobreza absoluta.