“Felicidad” y PIB-real: ¿Cómo le va a Colombia?

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Con la colaboración de Carlos Camelo

Meses atrás mencionábamos la existencia de una preocupante paradoja global (conocida como la paradoja de Easterlin): las mediciones de satisfacción de vida (o de felicidad), que suelen basarse en encuestas de gran escala, no reflejan la misma magnitud de progreso social y económico que se observa a nivel de los “indicadores duros”, tales como el crecimiento del ingreso per cápita, la expansión de la clase media y/o la disminución de la pobreza. De hecho, los indicadores de “felicidad” han venido mostrando deterioros, inclusive en países de ingresos altos, y ello ahora se extiende de forma marcada a las economías emergentes (ver Comentario Económico del Día 1 de abril de 2019).

Por ejemplo, el gráfico adjunto ilustra cómo en Estados Unidos y en España las mediciones de felicidad del World Hapiness Report cayeron de forma marcada, pasando de niveles promedio cercanos a 7,2-7,4 durante 2005-2008 (sobre un máximo de 10) hacia valores en el rango 6,3-6,8 durante el período 2015-2018. Esta caída de casi 0,6 puntos en el índice global de felicidad contrasta con los progresos (aunque leves) en sus niveles de ingreso-real per cápita en el curso de la última década. Nótese que el manejo pronto y acertado que se hizo de la crisis hipotecaria en Estados Unidos y España, durante el período 2008-2013, evitó que se contrajeran sus PIB per cápita al comparar esos períodos pre/pos-crisis hipotecaria.

Esta situación contrasta con lo ocurrido, por ejemplo, en Grecia. Allí se observó una caída más marcada en el índice de felicidad (casi 1 punto), pero en este caso sí se tuvo como contrapartida un descenso importante en el PIB-real per cápita (pasando de niveles cercanos a los US$35.000/año hacia los US$25.000/año, en US$ constantes de 2011 y ajustando por PPA).

El caso más notorio de descenso simultáneo en satisfacción de vida y en PIB per cápita en el mundo emergente es el de Venezuela (lo cual no debe causar sorpresa, dado sus prolongados experimentos socialista-populistas), registrando un desplome de 2 puntos en felicidad (ubicándose el índice en 4,7 en 2018) y de US$7.000 en sus ingresos-reales per cápita (retrocediendo hasta US$10.500 en 2018). También llama la atención el estancamiento de las cifras en el caso de Argentina, con un índice de felicidad constante sobre 6,1 en los dos períodos de estudio, así como un PIB per-cápita fluctuando levemente alrededor de US$18.000.

Los otros casos que vale la pena resaltar son los de China e India. Como se sabe, estos países vienen incrementando de forma importante su PIB per cápita, pero lo sorprendente es que sus resultados en satisfacción de vida son disimiles: mientras que en China el índice de felicidad ha ascendido moderadamente desde 4,8 hacia 5,2 durante la última década, en India este ha caído de 5,2 a solo 4. Esto último, además, va en contravía de la expansión de la clase media que se ha dado en India, a pesar de la prevalencia de una extendida pobreza.

En el caso de Colombia, se observa estabilidad en el índice de felicidad (ubicándose en el mismo 6,1 en 2005-2008 y en 2015-2018). Sin embargo, de las métricas tradicionales (basadas en el ingreso) podemos colegir que Colombia tampoco se salva de la paradoja de Easterlin. En efecto, los “datos duros” evidencian que el país ha sido testigo de un desarrollo socioeconómico sin precedentes: i) el PIB per cápita (medido a PPA) se multiplicó por ocho durante el último siglo (hasta US$13.700 en 2018); ii) la expectativa de vida más que se duplicó (hasta 79 años); y iii) la población en situación de pobreza se redujo a menos de una tercera parte, aunque durante el último año tuvo un leve retroceso (elevándose desde 26% hasta 27% del total).

Pese a los innegables progresos sociales arriba señalados, Colombia no ha sido ajena a esta dinámica de bajo reconocimiento de dichos avances. Por ejemplo, abordando la satisfacción-felicidad de la población desde otra arista, los resultados de la Gallup Poll de mayo evidencian que, desde 2008, el estado de ánimo de los ciudadanos viene deteriorándose (solo 19% de los encuestados opinaba que las cosas estaban mejorando en 2019 vs. 71% de una década atrás). Posiblemente, se trate de un “malestar relativo” por cuenta de la mayor concentración del ingreso (con un Gini que también se deterioró, pasando de 0,51 a 0,52 en el último año).

Ahora bien, cabe aclarar que estas mediciones de “felicidad” adolecen de problemas metodológicos e interpretativos. Un desafío de estas métricas tiene que ver con la “adaptabilidad” del encuestado, asociada a gente que reporta sentirse “muy feliz”, a pesar de que sus condiciones de vida son precarias. Otro reto se desprende de la comparabilidad de las escalas en las respuestas sobre “satisfacción de vida”.

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