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Analistas 29/11/2021

Estrategias de desarrollo: ¿Nos dejó el tren-industrial?

Sergio Clavijo
Prof. de la Universidad de los Andes

América Latina ha tenido serios problemas para encontrar su vocación productiva desde hace como 60 años. Cuando estuvo en boga la “sustitución de importaciones” como estrategia de desarrollo acelerado (1945-1965), se pensaba que el crecimiento impulsado por textiles, confecciones e industria ligera (en algunos casos apoyados por siderúrgicas de alto costo) daría origen a cadenas productivas con enganches “hacia adelante y hacia atrás”. Esto último impulsaría, a su vez, la productividad para dar el siguiente paso hacia las exportaciones industriales (A. Hirschman, 1958 “La Estrategia de Desarrollo Económico”).

Mucho de eso ocurrió, pero principalmente en Asia. Por ejemplo, Japón, tras su despegue en 1950, lograría crecimientos reales de 3,7% anual per-cápita durante 1965-1996, logrando duplicar su ingreso-real en el curso de una generación (20 años). Después despegarían, en 1960, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong-Kong, logrando crecimientos del PIB-real per-cápita del 6,7% anual, duplicando así su nivel de ingreso-real cada década durante ese mismo periodo 1965-1996. Aunque este grupo de “tigres asiáticos” declinaría hacia un 3% de expansión real per-cápita anual durante 1997-2019, esta cifra supera el lánguido 2% anual que ha mostrado América Latina durante el último medio siglo (ver cuadro adjunto).

El despegue más reciente de China y Vietnam (iniciando en 1979) resultó aún más asombroso, pues logró tasas de expansión del PIB-real per-cápita promediando 6,2% anual durante todo el periodo 1965-2019. Esto implica estar en capacidad de duplicar su ingreso-real cada 12 años, mientras a América Latina le ha tocado esperar 35 años para que ello ocurra.

El grueso de ese crecimiento en Asia se hizo con base en políticas industriales con vocación exportadora, donde se aplicaron claras estrategias de subsidios estatales a la “industria-naciente” y bajo esquemas no-democráticos que permitían guiarlos con mano férrea de “arriba hacia abajo”. La dotación de infraestructura fue penosa, la población sufrió muchos sacrificios y serias restricciones a sus libertades.

En la nomenclatura de Acemoglu-Robinson, el “estrecho corredor” tuvo en China un claro sesgo anti-liberal en favor del crecimiento acelerado, sin mayores reparos a los graves daños sociales y ambientales, los cuales continuarán prevaleciendo en 2022-2030 (tras cuarenta años de su despegue). Jugó a favor de Asia el aprovechamiento de TLCs con Occidente y en una era donde la industrialización permeaba el resto de sectores, generando empleo y ganancias en productividad multifactorial de forma generalizada.

América Latina ha carecido de vocación exportadora, con la excepción de México y Chile cuya relación [Exportaciones+Importaciones]/PIB es de 60%-80% Vs. 45% de América Latina y el penoso 35% de Colombia o el 30% del Brasil. Y ahora el grave problema es que la opción de industrialización ha prácticamente desaparecido por cuenta de la cuarta revolución-productiva basada en tecnologías digitales, sin esquemas de “maquilas”.

Dani Rodrik (2021, Octubre) ha caracterizado este drástico cambio histórico como “la metamorfosis de las políticas de crecimiento”. Tras ese triunfo industrial de Asia y los fallidos intentos de políticas asistencialistas en América Latina, las siguientes fases de crecimiento dependerán de pequeños núcleos de tecnologías-digitales que premian no a las masas sino a los pocos que las desarrollan y alimentan con “big-data” (Lee, 2018 “Artificial Intelligence...”).

En América Latina los gobiernos seguirán focalizados en políticas asistencialistas, pero de allí no saldrán las grandes opciones del crecimiento acelerado; se trata de políticas defensivas para contener colapso social. De allí se desprende que continuará la alta concentración del ingreso por cuenta del “winners’-take-it-all”. El propio Rodrik luce algo ingenuo al pensar que será el acceso a la educación pública igualitaria y de alta calidad lo que permitirá superar estos desafíos sociales.

La tarea es particularmente desafiante para una América Latina con baja calidad educativa, alta sindicalización de maestros en escuelas públicas, anquilosados currículos escolares pensando en “bachilleratos clásicos” cuando solo uno de cada 3 irán a universidades de calidad aceptable. ¿Por qué será que las multilaterales continúan repitiendo el mismo estribillo que ha fracasado tan estruendosamente en América Latina a través de la supuesta “nivelación de la cancha” en “oportunidades educativas”?.

Estas opciones nunca se concretarán en países con alta sindicalización que se opone a evaluaciones para medir aprestamiento de maestros; se oponen a exitosos esquemas de “vouchers” educativos que al menos darán opción a unos pocos de beneficiarse con mejor calidad educativa ofrecidos por el sector privado. Ello tampoco ocurrirá en la educación pública básica de los Estados Unidos; en cambio en Europa la educación pública funciona de mejor manera y allí se tienen claras las opciones vocacionales de calidad (especialmente en Alemania y Suiza), donde plomeros y carpinteros viven satisfactoriamente de sus profesiones, en vez de los frustrados “economistas-taxistas” que pululan en América Latina engañados de por vida.