Educación

Educación temprana como clave de la futura productividad

No en vano, los países de la Ocde destinan para políticas de educación en primera infancia un 2,4% de su PIB

El Banco Mundial recién divulgó un crucial estudio sobre la importancia de los primeros 1.000 días de la vida de un niño y su madre. Allí se destaca cómo el periodo comprendido entre la concepción del bebé y su segundo cumpleaños determina en buena medida el futuro del infante, tanto en sus aspectos físicos como psicológicos.
Durante esos 1.000 primeros días de vida se determinan su potencial de crecimiento, su personalidad y su habilidad en los procesos cognoscitivos. Dicho de otra manera, aquella porción de la población (usualmente estratos bajos) que no tiene conciencia de esta crucial etapa de la formación y/o no tiene los medios para asegurar estas bases de buena formación tendrá un rezago estructural, una especie de hándicap, en su potencial nivel educativo, en su salud de largo plazo y todo ello afectará su potencial éxito laboral y su productividad.

La evidencia empírica señala la magnitud de dicho hándicap educativo. Por ejemplo, a nivel mundial se estima que cerca de 43% de los niños menores de cinco años que viven en países pobres (unos 250 millones de niños) no logra alcanzar su potencial de desarrollo debido a esas deficiencias resultantes de falta de estímulos educativos y carencia de buena salud durante su infancia más temprana. Un niño mal alimentado tendrá deficiencias en su disposición a aprender; inclusive un niño sano debe contar con un ambiente adecuado para poder asimilar y aprovechar la buena educación temprana, donde un buen papel del Estado en las escuelas públicas hará toda la diferencia… de por vida.

En efecto, la adecuada combinación entre la buena nutrición y el desarrollo cognitivo temprano es la prioridad 1-A de los países más avanzados, especialmente los Nórdicos (como Suecia y Dinamarca) y los Asiáticos (como Corea del Sur, Singapur y Japón). El Banco Mundial señala que el retorno social por cada dólar invertido en educación preescolar arroja multiplicadores inter-temporales en el rango de US$6 a US$$17. A nivel de salarios y productividad, se estima que dicho multiplicador social es del orden de +25%. En el caso de los países más pobres, dicho multiplicador tiene el adicional de evitar las elevadas tasas de delincuencia que con frecuencia generan malestar a grandes escalas sociales y económicas. No en vano, se encuentra que los países de la Ocde destinan para políticas públicas de educación en primera infancia cerca de 2,4% de su PIB; en cambio, en los países pobres dicha cifra no alcanza 1% de su PIB.

En Colombia, el Plan Nacional de Desarrollo (PND 2014-2018) estableció como una de sus prioridades la implementación de la estrategia nacional de atención integral a la primera infancia: conocida como el programa de “De cero a siempre”. Su propósito ha sido reducir las brechas de desigualdad entre estratos ricos-pobres y tratar de aumentar la cobertura y mejorar la calidad de los programas dirigidos a los infantes en todo el país.

Colombia cuenta actualmente con más de 5 millones de niños y niñas en edades 0 a 5 años (4,3 millones con menos de 4 años y 0,9 millones de 5 años). El 56% de ellos se encuentra en condiciones de pobreza (2,3 millones entre 0-4 años y 63.137 de 5 años). La problemática de hándicap cognitivo y de rezagos en salud es enorme, pues se estima que solo 24% recibe servicios de atención integral. Otro 41% cuenta con algunos apoyos no integrales. Así, un preocupante 34% de los niños pobres de Colombia no recibe ningún tipo de apoyo en su etapa más crucial de vida entre 0 y 5 años.

De allí la urgencia de profundizar en políticas públicas que contribuyan al desarrollo de los niños en edad temprana. Se estima que la asignación presupuestal en Colombia tan solo ha llegado a $1,5 billones (0,02% del PIB/año) durante 2008-2016. Como todo está por hacerse, pues el grueso de esos dineros se ha destinado más a inversión en infraestructura (52%) que a mejoras de salud (2,5%) o capacitación profesoral (4%).

La experiencia internacional indica (como en Chile o Jamaica) que más importante que el “dónde” es el “qué y el cómo” se educa. Bernal (2014) señaló que el traslado de niños a centros de atención más grandes (doblando el costo de atención) terminó deteriorando el desarrollo motriz y lingüístico de los niños por tratarse de entornos impersonales. Es crucial estudiar el proceso cognitivo en toda su cadena de ambiente familiar y de barrio para aplicar programas que dejen huella productiva y de largo plazo.

En síntesis, las políticas públicas en materia de atención en primera infancia son determinantes para la calidad educativa de los niños y su futura productividad. En Colombia, la política “De cero a siempre” ha mostrado avances importantes, pero es necesario mejorar la cobertura y focalización de sus programas. Al respecto, las enseñanzas internacionales señalan que: i) las políticas deben centrarse tanto en el bienestar físico como en el desarrollo cognoscitivo; ii) la educación de los niños debe basarse en aprendizajes didácticos por medio de juegos y actividades lúdicas más que en lecciones tipo cátedra-formal; iii) los esfuerzos púbico-privados han demostrado soluciones innovadoras en países como Chile; y iv) la tecnología es una herramienta clave para acceder y capacitar a profesores en sitios remotos.