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Analistas 17/08/2021

Educación, movilidad social y meritocracia

Sergio Clavijo
Prof. de la Universidad de los Andes

Durante 2015-2018, se fue consolidando una revolución anti-establecimiento, aun en el mundo desarrollado. Sus señales más claras provinieron del Brexit, la llegada a la presidencia de Trump y “las chaquetas amarillas” en Francia.
Parecen existir dos grandes áreas de inconformidad en la clase media “revolucionaria”: i) sus menores ingresos, frecuentemente atribuyéndolos al efecto de los TCLs; y ii) el estancamiento del “ascensor” social que proporcionaba la expansión de la educación pública (al menos en esos países).
En el caso de los TLCs, concluíamos que ese era el resultado esperado en países desarrollados cuando los emergentes aprovechan su mano de obra relativamente más barata. Esto es demostrable a través del teorema Stolper-Samuelson y, de hecho, tal fenómeno se constituyó en el pivote-electoral de Trump.

Ahora vale la pena analizar el tema de la educación pública, siguiendo a Sandel (2020, “La Tiranía del Mérito”), donde se presentan sólidos argumentos sobre el fracaso del sistema educativo de los Estados Unidos a la hora de lograr equilibrios entre “propósito de vida” e ingresos acordes con las aspiraciones de la clase media.

Sandel explica cómo ha venido proliferando un sistema educativo que se caracteriza por favorecer a pocos ganadores de prestigiosas universidades privadas (representando 4% del estudiantado universitario). Ese sistema él lo caracteriza como “tiranía meritocrática que destila arrogancia y concentración del ingreso”. Los ganadores tendrán ingresos en múltiplos de +100 respecto de los muchos “perdedores” que enfrentan desazón y resentimiento social. Parecería que el ascensor social de 1950-1970 se hubiera varado. Las universidades “Ivy-League” ahora son emuladas por las cuasi-públicas y generan alto costos educativos e inequidad.

Mi conclusión es que Sandel provee análisis históricos útiles e informativos a este respecto, aunque varias de sus soluciones resultan ingenuas, moralistas y hasta parroquiales. Veamos.

Coincidimos con Sandel en que, aun si se dieran más oportunidades de acceso de la clase media a ese sistema universitario, ello no arreglaría el problema de alta concentración de ingresos. Empecemos por señalar que los títulos universitarios cada vez son menor garantía de llegar a concretar los “ingresos-aspiracionales” de esa clase media. La competencia por talento-práctico en el sector productivo es cada vez más marcada a nivel global y, en paralelo, la robotización genera rápida obsolescencia y concentración del ingreso. Esto implica que solo el puñado que logra especializarse en los sectores líderes de cibernética, bio-médica e ingenierías continuará llevándose los grandes sobre-sueldos. Allí el problema no son las universidades, sino la competencia global, cuyo tema poco analiza Sandel y quien debería examinar a Philippon (2020, “The Great Reversal”).

La sugerencia de Sandel de establecer loterías en admisiones universitarias, a partir de un mínimo de calificaciones, poco aporta a solucionar este problema de concentración del ingreso. Y su recomendación de impuesto a transacciones financieras para castigar sectores con excesivo triunfo es parroquial. En cambio, tiene mejor perspectiva su sugerencia de fortalecer la educación vocacional, cuya asignación presupuestal en los Estados Unidos está por debajo de 10%.

El esquema educativo elitista ocurre a nivel global: Gran Bretaña (Oxbridge), Francia (Escuelas Altos Estudios), Estados Unidos (Ivys). Las diferencias en costos, sin embargo, varían según el tipo de “destilería-educativa” que se monta desde la educación pública básica e intermedia. Sandel ha debido analizar la incidencia sindical en las escuelas públicas y su baja calidad en el caso particular de Estados Unidos; cuan útil habría sido compararla con el sistema Nórdico.

Sandel como filósofo de la moral aporta mucho en sus discusiones históricas al contrastar la visión de Hayek con la de Rawls en materia de validación del mercado respecto al aporte de dichos profesionales a la sociedad; o la visión Hegeliana de la dignidad humana a través de la realización en sus puestos de trabajo (lo que Marx denominó “la enajenación del ser”).

Sin embargo, la discusión de Sandel sobre disciplina y garra profesional requerida para el éxito es más bien moralista: él considera esas virtudes como denigrables al dejar atrás a los que (... concedido) o no tuvieron oportunidades, o no tuvieron talento, o no cultivaron dicha garra. En cambio, el psicólogo-social Tough (2013, “How Children...”) concluye que la tarea de generar disciplina-trabajo es por excelencia democrática, pues nadie puede heredarla.
Bienvenidos los mensajes educativos de Sandel: “no colarse en la fila” (ni sobornar oficinas de admisión de universidades); no pisotear a los menos favorecidos; no creerse que todo profesional se ha hecho únicamente a pulso, pues todos sabemos la alta ponderación que suele tener el factor suerte.

Su aplicación conducirá a tener mejores profesionales y, sobre todo, mejores ciudadanos con conciencia social. Pero nada de esto debe desalentar a los padres de clase media que con tanto ahínco buscan para sus hijos ese ascensor social a través de sembrar buenos hábitos de disciplina-garra en un mundo cada vez más competido, elemento que solo regímenes totalitarios han tratado de detener con nefastos resultados.