Analistas

Difíciles decisiones…

Las noticias sobre la inflación de mayo en Colombia generaron sorpresa, no solo porque alcanzó el registro más alto de los últimos años, sino porque, quizás como lo más inquietante, se ubicó por encima de las expectativas del mercado. La inflación anual llegó a 8,2%, registro sobre el cual no se tenían antecedentes desde 2001. Este elevado nivel de inflación, aunado al desanclaje de las expectativas y a la actual desaceleración económica, continúan siendo factores que revisten gran complejidad sobre el accionar del Banco de la República (BR).

El Emisor, obrando en la dirección correcta para anclar expectativas, ha incrementado la tasa de interés de política monetaria de manera persistente desde septiembre del año pasado. Aunque ya se da por descontado que este año no se podrá cumplir el objetivo en materia inflacionaria, llama la atención que las distintas métricas para cuantificar las expectativas inflacionarias siguen desancladas para el cierre de 2017. Esta situación ha puesto en duda si ya se está llegando al fin del ciclo alcista de la tasa de interés de política monetaria. 

Además del desanclaje de las expectativas, un hecho que también preocupa es el comportamiento de los indicadores de la inflación básica, aquellos que obedecen más a factores de demanda. Si bien los detonantes principales de la senda inflacionaria en 2015 y 2016 han provenido de choques temporales y atípicos que impactaron de manera importante los precios de los bienes transables y de los alimentos, todo parece indicar que los mecanismos de indexación se han ido trasmitiendo a otros componentes de la inflación y de allí el carácter oportuno de la política contractiva ejercida por el BR.

Sin embargo, en medio de las fuertes presiones inflacionarias y la senda de la tasa de interés de intervención, la disyuntiva monetaria que debe enfrentar el Banco Central reviste una dosis de alta complejidad. No solo porque está en juego la meta de inflación de 2017, sino también por los efectos que se puedan generar para la actividad económica en los próximos años y su impacto sobre la tasa de desempleo. Sorpresas negativas en el comportamiento de la inflación en los próximos meses o la continuidad del desanclaje de las expectativas generarían mayores presiones sobre el posible fin del ciclo de alzas en la tasa de política y sus consecuentes efectos sobre las condiciones monetarias.

Precisamente, el Índice de Condiciones Monetarias (ICM), calculado por Asobancaria, sugiere que aunque las condiciones monetarias y cambiarias actuales siguen siendo expansivas para la actividad económica, dichas condiciones ya empezaron a dar un viraje hacia terreno neutral o incluso contractivo para el próximo año dados los menores ritmos de devaluación previstos. De esta manera, incrementos muy superiores al 7,5% en la tasa de política monetaria en el corto plazo podrían acelerar el tránsito del ICM hacia la zona de desestímulo económico, lo que iría en contravía de la naturaleza contracíclica de la política monetaria. 

Bien vale la pena señalar que de presentarse mayores incrementos en la tasa de política monetaria por cuenta de la persistencia en el desanclaje de las expectativas o de una menor convergencia de la inflación, las condiciones restrictivas durante el próximo año se incrementarían, lo que impactaría la recuperación de la actividad económica que hasta el momento se avizora para 2017. 

En síntesis, los retos en el futuro cercano del Banco Central no son de poca monta y de allí la importancia de evaluar hasta qué punto el ciclo alcista de la tasa de política en 2016 puede endurecer las condiciones para que la economía comience a generar un proceso de recuperación sólido y sostenido en el tránsito hacia esos anhelados niveles de crecimiento potencial en torno al 4,5%-5,0%. La disyuntiva monetaria, característica en periodos de bajo crecimiento y presiones inflacionarias, aún se mantiene.  Se vienen, sin duda, decisiones difíciles…