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Crowdfunding: oportunidades y riesgos

Dentro de la amplia gama de posibilidades que ha traído consigo la vertiginosa dinámica de las nuevas tecnologías, la oferta de productos y servicios financieros ha sido sin duda una de las más notables. Esto, sin embargo, no resulta sorpresivo dado que la implementación de herramientas digitales en los mercados de servicios puede llegar a reducir los costos operacionales hasta en cerca de un 50% y los costos de adquisición de clientes hasta un 95%. Dentro del nuevo abanico de opciones que han surgido como consecuencia del desarrollo tecnológico se encuentra el crowdfunding, un nuevo esquema de financiación grupal que ha exhibido un crecimiento importante en los últimos años.

El despegue inicial en la masificación de este esquema de financiamiento, como se concibe hoy en día, se remonta a 2008, tras la crisis financiera. En medio de aquellas condiciones económicas adversas que restringían la originación crediticia, muchas de las pequeñas empresas y firmas en fase de expansión afrontaron dificultades para conseguir fuentes de financiación, generando una voluminosa demanda de capital en línea, la cual empezó a ser correspondida.

Basta con repasar algunas cifras de esta nueva industria para identificar el avance significativo en los últimos años. Mientras en 2008 el crowdfunding presentaba inversiones a nivel global de US$880 millones, en 2016 aumentó a US$61.000 millones, y las perspectivas, según el Banco Mundial, sugieren que superará los US$90.000 millones en los próximos tres años.

En Latinoamérica, el crowdfunding también ha experimentado una tendencia explosiva en los últimos años, cuadriplicándose el volumen de las inversiones en el último trienio. Sin embargo, aún los niveles regionales distan considerablemente de lo que ocurre en Estados Unidos, donde la inversión en crowdfunding supera los US$30.000 millones, representando por sí mismo la mitad del tamaño del mercado mundial.

Teniendo en cuenta el acelerado crecimiento de esta industria, no solo en el mundo sino en la región, resulta imperativo sopesar sus riesgos frente a las valiosas oportunidades que nos ofrece. El primero de estos riesgos está asociado al elevado riesgo de impago por cuenta de la dificultad en la “debida diligencia” en el detalle de los proyectos a financiar. Uno segundo, por su parte, se asocia al riesgo operativo, relacionado con el hackeo y exacerbado por la debilidad o ausencia de sistemas de administración de riesgos operativos. El tercero se concentra en el marco de la lucha contra el terrorismo y la corrupción, y se relaciona básicamente con la posibilidad de utilizar las nuevas plataformas tecnológicas de crowdfunding para el lavado de activos. Por último, e igualmente importante, está el riesgo de conflictos de interés, que hace referencia a la generación de incentivos “perversos” por cuenta del esquema de asignación de comisiones para la plataforma por la mayor originación de créditos.

En síntesis, el crowdfunding resulta ser una herramienta valiosa para dinamizar la inclusión financiera y por ello su implementación debe desarrollarse bajo marcos regulatorios y de supervisión adecuados que permitan mitigar este tipo de riesgos y potencializar sus beneficios. Este correcto engranaje en materia de regulación/implementación permitirá que se constituya también en un mecanismo dinamizador de nuestro ecosistema financiero. Por último, hay que resaltar que las virtudes de la era digital, aunadas a la gestión de riesgos y a la experiencia de los sistemas financieros tradicionales, son sin duda cimientos importantes en el proceso de reactivación económica.