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Analistas 06/06/2026

Un mensaje de sensatez a De La Espriella y Cepeda

Santiago Angel

Desde esta columna he hecho llamados a la sensatez cada vez que lo he considerado necesario. El poder tener independencia frente a las pasiones políticas nos ha costado a los periodistas que hemos querido analizar la realidad desde la moderación, otorgando aciertos a todos los gobiernos y siendo críticos en los desaciertos.

Para las barras bravas de uno y otro sector somos enemigos, como si hiciéramos parte de la barra contraria. La moderación, que no es más que la decisión de entender lo que pasa en el país para querer explicarlo, en vez de reafirmar nuestra propia visión de la vida, es menos popular que decir lo que las masas apasionadas quieren escuchar, perdiendo de vista la burbuja. Eso, en lo personal, me ha llevado a ataques de sectores de uno y otro lado. La derecha y la izquierda dura olvidan que el papel de los periodistas no es hacer campaña política para satisfacer las inclinaciones de nadie, sino controlar al poder y tener independencia para hacerlo con equilibrio.

Es mejor esforzarse por entender el mundo para explicarlo, acercándose lo más posible a la verdad, que desdibujarlo para contarlo desde la distorsión y apelando al corazón.

Lo que está pasando hoy en Colombia se explica desde aristas diferentes. La pérdida de confianza, cada vez más evidente, en los partidos políticos como instituciones del poder. El éxito de los “outsiders” en varios países del mundo, que prometen un cambio por fuera de esa representación de la institucionalidad porque no pudo resolver problemas estructurales; en nuestro caso, el más acuciante es el de la corrupción.

La división a la que llevó el presidente Gustavo Petro, causando una crisis caprichosa e ideológica en varios sectores: salud, orden público, energía, gas, Ecopetrol, cultivos ilícitos, seguridad. Y no solo fue la crisis. Fue también el tono que usó para buscar ataques y contestar a los escándalos con supuestos golpes que nunca ocurrieron.

El presidente no tuvo un pare. Atacó al sector privado y a las instituciones con todo tipo de adjetivos que llevaron a la crispación y la euforia entre los defensores de su Gobierno y los críticos. No era una sorpresa que lo hiciera, porque así actuó como alcalde, al punto que su propio equipo lo acusaba de negligente, grosero, improvidente e impuntual. Lo que antes hizo durante su Alcaldía García Peña, hoy lo hace Álvaro Leyva y parece una máquina del tiempo.

En ese escenario, el presidente graduó de enemigo a todo el mundo: a sus exministros, quienes supuestamente lo traicionaron y eran agentes neoliberales; a los medios, a quienes llamó muñecas de la mafia y muñecos del poder; a los banqueros y empresarios; a gobiernos extranjeros que, en su discurso, querían matarlo como a Allende, y un incansable etcétera.

En esa guerra del discurso para encender a sus masas, el presidente no pudo contar bien sus aciertos: las universidades que construyó, el aumento del salario a los soldados, las 800.000 hectáreas de tierra que entregó, etcétera. Su discurso cargado, muchos dirían que de odio, hizo que una parte del país quisiera responder con el mismo tono. Además, las amenazas sobre una constituyente para cambiar las reglas y el desconocimiento de los resultados de las elecciones solo empeoraron el estado de los ánimos.

Entonces, aquí está el llamado. Los dos candidatos que pueden ganar la Presidencia no deben hacer lo que el presidente Petro hizo en su Gobierno: desconocer la existencia de una parte del país y declararla enemiga. Esto es no entender las necesidades y la realidad de un sector de la población con el que no se identifican ideológicamente, del que no se sienten líderes. Esto es responder con violencia a las críticas y a las preguntas del periodismo o buscar reprochar a los medios que solo hacen su trabajo institucional por la democracia del país. Esto es no entender el momento y la sensibilidad de las discusiones. Esto es no garantizar los derechos humanos y no hacer lo necesario para evitar escenarios irreversibles de conflicto. También hay que decir que la securitización no es toda la agenda de Colombia.

Hay un deber de desarrollo y de solución de necesidades básicas que va acompañado del debate de la seguridad.

En conclusión, señores candidatos, no nos lleven a más violencia. Moderen los discursos y reconozcan al otro país.

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