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La transferencia del poder

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La manera como se transfiere el poder en una sociedad es un indicador que revela su nivel de desarrollo, la fortaleza de sus instituciones y su madurez política. En algunos países de la región, quien detenta el poder sólo se desprende de él ‘cuando la muerte nos separe’. Si por algún motivo debe hacerlo antes, el poder se le transfiere en forma dinástica a un pariente cercano. La idea de transferírselo a un grupo disidente o a quien no pertenezca a la revolución gobernante, es anatema. Los dirigentes de una nación vecina han dejado saber que o gobiernan ellos o no gobierna nadie. Y ante la perspectiva de su eventual salida del gobierno, practican una estrategia de tierra arrasada. Así se explica lo que sucede en Venezuela. En Nicaragua, Daniel Ortega y Rosario Murillo han demostrado la voluntad de perpetuarse en el poder asesinando estudiantes y opositores.

Aun en naciones latinoamericanas con regímenes democráticos, las transferencias de poder no siempre suceden en forma predecible y tranquila. Los recientes cambios de gobierno en Brasil y Perú transcurrieron de manera lánguida y poco edificante. En Argentina, Cristina Kirchner no tuvo la decencia de recibir al presidente recién posesionado, Mauricio Macri, en la sede de gobierno. Contraviniendo el protocolo, emprendió viaje anticipado a su feudo en Santa Cruz y dejó la Casa Rosada en manos del personal de servicio.
El país ha presenciado la transferencia de poder entre el presidente saliente y el abanderado del partido de oposición en una forma que hace honor a la tradición democrática colombiana. Si bien la fecha precisa del tránsito de un gobierno a otro es el 7 de agosto, el proceso de suministrar información privilegiada al futuro gobierno se inició pocos días después de concluido el escrutinio electoral, con una reunión cordial entre el presidente Juan Manuel Santos y el presidente electo Iván Duque. Durante las seis semanas siguientes, los funcionarios del alto gobierno se reunieron con las personas designadas como sus contrapartes por el presidente electo, para revisar en detalle la labor de las distintas dependencias gubernamentales y familiarizarse con los asuntos pendientes.

La transferencia de poder se hizo sin boato, con civilidad y sobriedad republicana. La imagen del expresidente Santos y el presidente Duque, rodeados de sus respectivas familias, a la entrada de la Casa de Nariño, marcó el inicio de una nueva etapa en el devenir democrático de la nación.

Parecería superfluo señalar el significado de un ritual cívico que en el país se da por sentado, como parte de la normalidad institucional. Pero algunos observadores de otros países consideran ejemplar este comportamiento, como algo que distingue y enaltece a la nacionalidad colombiana.

La nota discordante de la ceremonia de transmisión de mando fue el exabrupto senatorial del vocero de una oposición que The Economist describió como ‘implacable y con frecuencia desleal.’ El explicable desconcierto de los dignatarios extranjeros les permitió constatar que la riqueza folclórica del país constituye uno de sus principales atractivos turísticos.

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