En la década de los años 70, mi esposa Louise y yo tuvimos una casa con jardín en El Bosque Izquierdo de Bogotá, un pequeño barrio residencial situado entre la calle 25A y la calle 26, y entre la carrera 5ª y la carrera 3ª. Tenía la ventaja de estar cerca del centro de la ciudad. Mi esposa hizo parte de la Asociación de Vecinos del Bosque Izquierdo que impulsó la arborización, los espacios para juegos infantiles y el apoyo a una guardería de Bienestar Familiar.

Ella y Elvira Currie, la esposa del profesor Lauchlin Currie, levantaron un censo del barrio, el cual permitió obtener un perfil de las características de sus habitantes. La presencia de académicos y profesores universitarios indicaba que el nivel promedio de educación de los habitantes del barrio era superior al de la población de la ciudad.

También se destacaba la presencia de integrantes del sector artístico y creativo, que se habían instalado en una serie de town houses, pegadas la una a la otra, en la parte empinada de la calle 26, sector del barrio que ellos mismos denominaron La Colina de la Deshonra.

El origen de ese rótulo era el hecho de que entre el grupo de pintores y fotógrafos había algunos homosexuales, algo que no era motivo de controversia para sus vecinos, pero que el resto de la sociedad consideraba censurable en esa época. El Bosque Izquierdo desempeñaba entonces en Bogotá un papel de refugio para la diversidad comparable al de Bloomsbury en Londres, Greenwich Village en Nueva York y Montmartre en París.

Este es un tema que ha sido investigado por el experto en fenómenos urbanísticos Richard Florida, autor de The Rise of the Creative Class. En los países desarrollados, las personas talentosas y creativas tienden a congregarse en las grandes ciudades. Esos clusters de creatividad e innovación, ya sea en el campo tecnológico, el de las actividades culturales, de diseño o de alta costura, están adquiriendo un protagonismo creciente como motores de crecimiento. Algunos de sus integrantes exhiben formas no convencionales de estilo de vida y de orientación sexual.

No todos los que conforman esos clusters son originarios de grandes ciudades. Muchos de ellos provienen de pequeñas poblaciones y de zonas rurales. Emigran hacia las grandes ciudades en búsqueda de oportunidades y también porque ofrecen un ambiente menos restrictivo que el que prevalece en sus propias comunidades por prejuicios religiosos, culturales o políticos. En particular, valoran la aceptación de la diversidad sexual que caracteriza a las ciudades dinámicas y cosmopolitas.

Esa es una condición sine qua non para atraer y retener personas de superior talento. La homofobia y la intolerancia religiosa son incompatibles con la conformación de clusters de creatividad e innovación. La promoción de la denominada economía naranja requiere entender que esa política implica aceptar la diversidad sexual como rasgo distintivo de una sociedad moderna.
Porque la bandera que decora los centros de creatividad exitosos tiene los colores del arco iris.