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Analistas 13/05/2021

La dictadura del odio

Rodolfo Correa
Secretario de Agricultura de Antioquia
La República Más

El odio es un tirano, hijo de una asesina llamada ira y un rencoroso apellidado miedo, casado con una pobre mujer conocida como tristeza, con quien se propuso dejar un descendiente apodado “dolor”; todos ellos habitantes de un país identificado como “pasado”, ubicado a la otra orilla de dos Estados vecinos: “el presente” a quien se obsesionó con ignorar y, “el futuro”, a quien se empeña en destruir.

El tirano odio, gobernante violento de la república de “el pasado”, nació como una emoción humana inspirada en desear la producción de un mal, como mal, a una persona, o un género de personas e, incluso, a cierto tipo de animales o cosas; dicho mandatario fue creciendo con un carácter irritable, aunque calculador, gracias a la creencia de que todo cuanto lo ha rodeado es una amenaza, un peligro que, a su vez, lo odia.

Este déspota, no escucha razones. No atiende opiniones. Su doctrina se enfoca en enseñar a sus seguidores, desde pequeños, a repudiar al opuesto, al contradictor: si eres pobre debes odiar al rico, si eres de derecha debes odiar al de izquierda, si eres liberal debes odiar al conservador, si eres civil debes odiar al policía o al soldado; como ven, todo un conjunto de principios que reproducen el estado de violencia ideal para que aquellos que aspiran al poder puedan perpetuarse, indefinidamente, presentándose como adalides de la lucha contra el enemigo de turno.

Para emerger, como guía de una Nación, solo hace falta que este tirano encuentre un promotor que se presente como un vengador con capacidad de cobrar de forma inclemente los dolores históricos que ha experimentado el pueblo, movilizando las masas a través de la rabia, recordándoles que han sido víctimas del sistema, de los políticos, de los empresarios, de las instituciones y que con todo eso hay que arrasar para poder llegar a la “tierra prometida” que él propone colonizar luego de que se haya abolido la propiedad privada, haya triunfado la lucha de clases y se haya establecido la dictadura del proletariado.

En fin, para que este tirano logre sus propósitos lo fundamental es robarle al pueblo el tesoro más preciado: la esperanza, hija legítima de la alegría, hermana de la confianza y fundadora del vecino país que tanto detesta aquel opresor: “el futuro”.

Sí, el futuro, la promesa del futuro, la creencia de que siempre existe la posibilidad de un mañana mejor, ese es el antídoto contra la mordida venenosa del odio sobre la mente popular que aspira llenar el alma de las toxinas compuestas de envidia, frustración y facilísimo apalancado en la idea de que alguien tiene la obligación de hacerlo por mí y que por tanto todo lo malo que pase en mi vida es culpa de otro, generalmente del Estado.

Ahora, como el mundo es paradójico y es flaca sobremanera toda humana previsión, jamás es consciente nuestro arbitrario dictador que por más veneno que expulse no alcanza la fuerza para salir de sus fronteras del pasado, al menos no por mucho tiempo, y termina su existencia cuando por destino o suerte cerca a sus playas emerge una isla llamada amor, en donde termina su ambición y se pasa a habitar allí hasta su último seguidor, pues a pesar de lanzar el boomerang con todo el enfado que reza, aquel se devuelve y le amputa su cabeza.