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Analistas 07/08/2021

Responsabilidad empresarial

Roberto Rave Ríos
Presidente ejecutivo Laick - Cofundador Libertank

El 5 de julio de 1945 el hombre que había sembrado esperanza en medio de una de las barbaries más grandes de la humanidad venciendo en la segunda guerra mundial a Hitler, perdió las elecciones con el laborista Clement Attlee.

Sorpresivamente, Attlee inauguró al pueblo británico nacionalizando las minas, ferrocarriles, tráfico aéreo, gas, energía eléctrica y la industria siderúrgica, entre otras industrias. Su objetivo, expresado en sus discursos en los que citaba al poeta William Blake, era el de crear un nuevo “Jerusalén”: “No cesaré la lucha mental, / Ni dormirá mi espada en mi mano, / Hasta que hayamos construido Jerusalén, / una Inglaterra verde y placentera”.

En vez de sembrar una “Jerusalén”, el primer ministro laborista logró una gran revolución sindical y para 1950, los sindicatos británicos tenían más de 9,5 millones de miembros en un país con 46 millones de habitantes. Para 1979, los sindicatos tenían 12 millones de afiliados y constituían 51 % de la fuerza laboral. A su vez, el gobierno había agrandado sus tentáculos y se posesionaba como el gran empleador, mientras los sindicatos imponían sus reglas y obligaban a todos los trabajadores a marchar. El ambiente fue subiendo de tono y los sindicatos auspiciados por el estado de Bienestar que prometía Attlee agotaron las posibilidades y las garantías de un Gobierno que no tenía como cumplir las exigencias de estos grupos debido a que gran parte de la industria se marchaba a otros países en donde fuera viable generar empleo y riqueza. Inglaterra atravesaba por una gran crisis económica patrocinada por estatalizaciones, sindicatos y promesas de un estado de Bienestar utópico e inviable. Lo interesante de esta historia es que desde las estatizaciones de Clement Attlee, los empresarios se reunieron para combatir el discurso populista y mostrarle a todos los ciudadanos la importancia de las ideas de la libertad económica y la existencia de más emprendedores, de más empresas familiares, de más sueños. Esto logró el cambio de una Inglaterra agonizante, a una Inglaterra fuerte y sólida con la llegada de Margaret Tatcher al poder.

La evidencia y la historia de los países desarrollados refleja que no hay mejor programa social que un empleo digno. La evidencia demuestra también el fracaso de las estatalizaciones desmesuradas y la creación de máquinas burocráticas insostenibles que al final terminan siendo pagadas con los impuestos de las personas naturales y jurídicas.

Colombia debe caminar por la senda del desarrollo y esto implica un compromiso empresarial por contar eficientemente la importancia de estas ideas. Contar también pensando en el largo plazo y no solo en los peligros electorales de cada cuatrienio. Esto, sin olvidar la importancia no impuesta, sino nacida, de la reflexión, de un capitalismo consciente que inicie con el buen trato a los colaboradores con los que se construye país, y con la aplicación de marcos morales y virtuosos en los liderazgos empresariales. En las sociedades desarrolladas, los referentes no son los políticos, usualmente son los emprendedores y empresarios que con esfuerzo han logrado el éxito empresarial.

En Colombia, a diferencia de otros países, la empresa privada decidió quedarse y afrontar la época de Pablo Escobar, del Cartel de Cali, de las mafias. La historia nos muestra que si fuimos capaces de avanzar con el terror de las mafias y Pablo Escobar, si dimos pasos adelante como país con un narcotráfico y una guerrilla fortalecida, podremos marchar por la senda del desarrollo social y económico durante esta pandemia y esta asonada de desesperanza populista.

Los empresarios tenemos que lanzarnos al campo de las ideas, de la opinión pública, no con la motivación del miedo electoral tan corriente por estas épocas, sino con la plena convicción de dejar más que un legado empresarial, un legado de ideas que transformarán nuestro país.

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