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Mejoremos el Congreso

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Tuve la oportunidad de trabajar en el Congreso, acompañando a Federico Hoyos, un congresista ejemplar. Esta experiencia me abrió las puertas de un mundo que oscila entre la desilusión y la esperanza. En pocos días Colombia elegirá, de nuevo, la junta directiva encargada de orientar al país para bien o para mal.

Cuando llegué al Congreso, lo primero que me impactó fue la majestuosidad y la historia del Capitolio Nacional, con sus memorables esculturas de figuras legendarias, como la del general Tomás Cipriano de Mosquera; la de Rafael Núñez, el regenerador y precursor de la constitución de 1886; los retratos del libertador Simón Bolívar y del general Francisco de Paula Santander. Todo este simbolismo genera la sensación de encontrarse en el centro donde se ha escrito la historia política republicana de Colombia.

Al principio, se llega con el ánimo de encontrar las grandes discusiones políticas del país, creyendo que prevalecerá el mejor argumento y la elocuencia de oradores cultos y persuasivos, como en el origen de la democracia en Grecia. Unas semanas más tarde, fue duro para mí darme cuenta que allí el mejor argumento no gana debates legislativos, en cambio sí lo hacen las componendas entre partidos, congresistas y gobierno. En general, las votaciones no están impulsadas por nobles ideales, sino por intereses burocráticos.

En el Congreso aprendí lo que significa votar a pupitrazo, que a grandes rasgos es la aprobación mayoritaria y apresurada de proyectos de ley, golpeando el escritorio sin ninguna discusión. De esta manera, se votaron amplios acápites del presupuesto nacional y de la reforma tributaria. En muchas ocasiones, tardaba más la discusión del proyecto de ley que exaltaba la obra musical del maestro Diomedes Díaz que el aumento del IVA para los colombianos.

No obstante, también conocí a algunos patriotas, que son luces en medio de tanta oscuridad. Vi la disciplina del partido Centro Democrático, en su empeño hercúleo por hacer proposiciones beneficiosas para el país ante una aplanadora gubernamental de legisladores, a quienes les costaba defender y argumentar, con sensatez, los proyectos del ejecutivo. Conocí también a congresistas que nunca faltaron a la plenaria y que, aún a sabiendas de que nadie los escucharía, preparaban sus intervenciones y pedían la palabra para llamar a la cordura. Esa que fue escasa en estos cuatro años.

Para las elecciones de este domingo se encuentran habilitados 36 millones de colombianos para votar. Sin embargo, en las elecciones de 2014, el abstencionismo fue de 57%. El Congreso de Colombia tiene 86% de desfavorabilidad y es una de las instituciones más desprestigiadas de la nación. Por esto requiere renovación. No puedo dejar de nombrar algunas luces brillantes que conocí en el Congreso, entre las que se destacan las figuras de senadores como Paola Holguín e Iván Duque, por quienes votaré este 11 de marzo, con entusiasmo y convicción.

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