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En 2011, Tony Byrd tenía 18 años, había terminado el colegio, no estudiaba y tampoco trabajaba. En Colombia lo llamaríamos nini. Pasaba sus días jugando baloncesto hasta que su madre le llamó seriamente la atención. Pocos días después comenzó a trabajar en una cafetería ubicada en el campus corporativo de IBM en Raleigh, Carolina del Norte.
Tony aprendió rápidamente la dinámica de la cafetería. Se aprendió los nombres de sus clientes, sus equipos deportivos favoritos y comenzó a preguntarles en qué trabajaban. Mientras preparaba bebidas, observaba un mundo laboral al que parecía difícil acceder sin un título universitario.
Años después, casado y con dos hijos, intentó estudiar ciencias de la computación en un instituto de tecnología. No pudo combinar estudio, familia y empleo de tiempo completo. Parecía destinado a permanecer fuera de la industria tecnológica.
Una empleada de IBM que frecuentaba la cafetería le habló del programa de aprendices que estaba creando la compañía: podría trabajar, recibir salario y, simultáneamente, aprender las competencias necesarias para desempeñarse como tecnólogo. Tony se presentó en 2017 y no fue aceptado. Volvió a intentarlo al año siguiente y esta vez ingresó.
Le asignaron un jefe, un mentor y un computador. Recibió más de 200 horas de formación y alrededor de 2.000 horas de experiencia trabajando con equipos de proyectos, ingenieros y desarrolladores. En 2019 obtuvo una certificación como experto en software y con esto consiguió un empleo formal en IBM.
Esta historia, contada por Ginni Rometty, ex-CEO de IBM, en su libro ‘Good Power’, no es solo una historia de superación. Es una lección sobre cómo debería cambiar la educación.
Ginni e IBM entendieron algo elemental: si no encontraban en el mercado las personas con las competencias que necesitaban, podían formarlas. Y no necesariamente debían exigirles cuatro o cinco años de universidad. Crearon un programa de aprendizaje de tiempo completo que combinaba salario, formación, mentoría y experiencia, priorizando las habilidades sobre el título universitario tradicional.
En Estados Unidos los aprendizajes remunerados se están extendiendo hacia tecnología, inteligencia artificial, manufactura avanzada, salud, telecomunicaciones y otras actividades. Solo en 2025 se registraron más de 2.300 nuevos programas y cerca de 300.000 nuevos aprendices, según el Departamento de Trabajo estadounidense.
En Colombia tenemos cerca de tres millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Y nadie parece inquietarse por una situación tan alarmante.
El camino correcto no tiene que ser colegio más cinco años de universidad, para luego salir a buscar empleo y descubrir que las empresas piden experiencia que nadie les permitió adquirir.
Nuestros jóvenes deberían terminar su educación básica con sólidas competencias en lectura, matemáticas, lenguaje, inglés, tecnología, pensamiento crítico y habilidades sociales, y a partir de los 17 o 18 años poder combinar trabajo remunerado con formación especializada. Empresas, universidades, instituciones técnicas y el Sena deberían desarrollar programas alrededor de los oficios laborales que efectivamente necesitan las empresas.
No partimos de cero. Tenemos al Sena y el contrato de aprendizaje. Pero debemos pasar de considerar al aprendiz como una obligación regulatoria a verlo como una verdadera estrategia de talento empresarial.
No significa acabar con la universidad: necesitamos médicos, científicos, ingenieros, investigadores y profesionales altamente especializados. Pero es urgente reconocer que no todos los empleos necesitan un título universitario de cinco años y que los jóvenes deberán aprender a aprender durante toda la vida.
En 2024 la productividad laboral colombiana representaba apenas 39% del nivel de la Ocde. No vamos a cerrar esa brecha solamente trabajando más horas. Necesitamos trabajadores mejor formados, más tecnología y una conexión más estrecha entre los centros educativos y el sector empresarial.
Es urgente una reforma profunda de la educación primaria, secundaria y terciaria. Fecode tiene todo el derecho a defender los intereses laborales de los maestros y debe participar en la discusión. Pero ningún sindicato, universidad, gremio empresarial o grupo político debería obstaculizar la gran transformación educativa que necesita el país.
A Tony le abrieron una puerta, luego lo formaron en un oficio y finalmente le dejaron una enseñanza que le servirá toda su vida: ‘aprender a aprender’. Y sin título.
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