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Analistas 07/05/2025

Un pingüino en Silicon Valley

Ricardo Barreto Jara
Director ejecutivo MBA Inalde Business School

En medio de la agitación constante de Silicon Valley, donde las ideas brotan más rápido que las hojas en primavera, un personaje desentonaba: un pingüino. No era un pingüino literal, claro, sino un directivo tradicional, atrapado en su pesado traje de jerarquía y control, desplazándose torpemente entre organizaciones que habían aprendido a volar.

Acostumbrado al lenguaje del mando, de la orden incuestionable y la obediencia como valor supremo, este “pingüino” observaba con desconfianza el nuevo ecosistema laboral. Le resultaba incómodo, casi ofensivo, ver a jóvenes profesionales moverse con autonomía, colaborar de forma horizontal y desafiar las normas no escritas de la autoridad. La estructura rígida que había sostenido su carrera parecía ahora un vestigio inútil de otra época.

El cambio no fue súbito, pero cuando llegó, arrasó. Las nuevas generaciones no solo traían habilidades frescas; traían una cultura distinta, donde el liderazgo ya no se imponía, se ganaba; donde el miedo era un pésimo combustible y donde la jerarquía, si no estaba al servicio del propósito colectivo, era simplemente ignorada.

Muchos directivos tradicionales, formados en modelos donde mandar era liderar, se encuentran hoy desplazados, como pingüinos en tierra firme observando cómo otros surcan el cielo. Se quejan de la falta de respeto, de la falta de compromiso, de la rebeldía de las nuevas generaciones. Pero no alcanzan a ver que el lenguaje de la autoridad vertical ya no tiene traducción en este nuevo mundo.

Ya no se lidera desde el pedestal, sino desde el centro de un propósito compartido. No se exige lealtad ciega, se inspira colaboración. No se premia la obediencia, se celebra la creatividad y la iniciativa. Y en este escenario, quienes no sueltan el viejo esquema quedan rezagados, encerrados en una arrogancia jerárquica que solo consigue aislarlos más.

La colaboración, antes un discurso bonito en los manuales de recursos humanos, se ha vuelto una necesidad vital. Hoy, el verdadero liderazgo es el que potencia talentos, el que distribuye el poder y reconoce que el mejor resultado nace de la suma de habilidades diversas, no de la imposición de una sola voz.

Los “pingüinos” de Silicon Valley -y de tantas otras industrias- no hallan asideros porque siguen buscando obediencia cuando deberían estar generando inspiración. Creen que el control es sinónimo de orden, cuando en realidad el control mal entendido es el principio de la fuga de talento.

Hoy, el éxito de una organización depende de su capacidad para hacer brillar a todos sus integrantes, no solo a los de arriba. Se construye en redes, no en pirámides. En confianza, no en miedo. En propósito colectivo, no en la orden unidireccional.

Quizás aún haya tiempo para que algunos pingüinos descubran que también pueden adaptarse, que el liderazgo no es un privilegio ni una imposición, sino una responsabilidad que se gana cada día, construyendo vínculos de respeto y propósito. Quizás aún puedan recordar que, aunque no vuelen como los demás, pueden encontrar su lugar en un mundo que ya cambió y no piensa mirar atrás.

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