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La unidad no exige que todos piensen igual. Sin embargo, esa sigue siendo una de las confusiones más frecuentes en la política y también en las organizaciones: creer que, para avanzar juntos, primero hay que compartir exactamente las mismas ideas. En tiempos de polarización, la diferencia suele verse como una amenaza, cuando en realidad puede ser una fuente de fortaleza.
La historia muestra algo que convendría recordar. Muchas de las decisiones que cambiaron el rumbo de los países surgieron cuando personas que pensaban distinto decidieron trabajar juntas alrededor de un propósito común.
La historia ofrece ejemplos poderosos. Durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt construyeron una alianza decisiva para enfrentar al nazismo. Sus visiones del mundo no eran idénticas, ni sus intereses nacionales coincidían en todo. Pero entendieron que había un desafío que exigía cooperación entre distintos.
Otro caso notable aparece en la historia política de Estados Unidos. Cuando Abraham Lincoln llegó a la presidencia en 1860, tomó una decisión que sorprendió incluso a sus propios aliados: integró a su gobierno a varios de sus principales rivales políticos. Figuras que habían competido contra él por la candidatura presidencial terminaron formando parte de su gabinete. Aquella decisión, conocida después como el “team of rivals”, permitió reunir talento, legitimidad política y distintas visiones para enfrentar la Guerra Civil.
Décadas más tarde, Nelson Mandela tomó una decisión extraordinaria. Tras pasar 27 años en prisión, eligió construir la nueva Sudáfrica no contra sus adversarios políticos, sino con ellos. Su gobierno de unidad nacional incluyó incluso a quienes habían sido parte del régimen que lo encarceló. Mandela comprendió que la estabilidad de su país dependía menos de la victoria de un bando que de la capacidad de integrar diferencias.
Todos estos casos comparten una misma lección: la política democrática no consiste en eliminar las diferencias, sino en ordenarlas alrededor de objetivos comunes. También en el mundo empresarial, los proyectos serios rara vez se consolidan a partir de la unanimidad. Se sostienen en la capacidad de construir acuerdos entre personas con perspectivas distintas.
Algunos episodios recientes de la política colombiana ilustran esta idea. Dos figuras con posiciones distintas en temas importantes decidieron construir una alianza sin ocultar esas diferencias. Más que presentar la unión como una coincidencia absoluta de ideas, el mensaje fue otro: es posible cooperar sin pensar exactamente igual.
Ese matiz es importante. En sociedades polarizadas, la tendencia natural es exigir adhesión total. Si alguien discrepa en un punto, rápidamente es ubicado en el bando contrario. Esa lógica convierte la diferencia en una frontera infranqueable.
Pero las democracias maduras funcionan de otra manera. Las grandes decisiones colectivas rara vez se toman entre personas que comparten todas las ideas. Se toman entre personas que, a pesar de sus desacuerdos, logran reconocer un propósito mayor. Las sociedades complejas no se dirigen desde la uniformidad. Se dirigen desde la capacidad de construir acuerdos.
La unidad no es homogeneidad. La unidad solo puede darse en la diversidad.
Como gerente de la empresa de agua potable y saneamiento básico más grande del país, hago un llamado a la sensatez, a dejar a un lado los cálculos políticos y las decisiones basadas en ideología y a pensar en el bienestar de los usuarios y la sostenibilidad de las empresas