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Hay genios que pintan cuadros y hacen que hasta su bigote sea una obra de arte, que sus entrevistas parezcan una obra de teatro y que su vida entera sea una provocación a la imaginación sin límites. Salvador Dalí nos puso en evidencia que el humor es una muestra indiscutible de inteligencia, y adornó su genialidad con extravagancia y una buena dosis de irreverencia.
Como buen artista, tenía la mente entrenada para identificar la belleza en cada objeto y en cada ser viviente. De niño soñó con ser cocinero antes que pintor. Décadas después, cuando ya era un ícono del arte, decidió escribir un libro de recetas para su esposa: Les Dîners de Gala (1973). No eran recetas para evitar el colesterol ni los carbohidratos; eran un homenaje al placer de comer, a la creatividad y, por supuesto, a la conversación alrededor de una mesa.
Afirmaba que la espinaca poseía “valores estéticos y morales esenciales”, convirtiendo una simple hoja verde en una reflexión filosófica. Quienes tenemos familiares o amigos artistas sabemos que los alimentos no son únicamente ingredientes: son colores, texturas, símbolos, emociones y buenas conversaciones. La cocina es, evidentemente, otra forma de arte.
No resulta extraño que España, la tierra de Dalí, Picasso, Goya, Sorolla, Miró y El Greco, también haya logrado transformar su gastronomía en una de las expresiones culturales más admiradas del mundo. Al mismo tiempo que millones de personas siguen con pasión el Mundial de Fútbol, hay otro campeonato que se disputa en las cocinas españolas, donde tradición, creatividad e historia compiten por conquistar los paladares del planeta.
La grandeza de la cocina española no nació del aislamiento, sino precisamente de la mezcla. Los romanos llevaron el aceite de oliva y perfeccionaron el cultivo de la vid; la presencia musulmana enriqueció durante siglos el uso del arroz, los cítricos, las almendras, el azafrán y sofisticadas técnicas agrícolas, además de aportar conocimientos sobre la conservación y curación de carnes; y, con el descubrimiento de América, llegaron productos que hoy parecen inseparables de la identidad española: el tomate, la papa, el maíz, el cacao, la piña, el pimentón derivado de los ajíes americanos y muchas otras especias y especies vegetales que enriquecieron su gastronomía y su cultura.
Cada plato cuenta una historia de viajes, intercambios, conquistas, transacciones y creatividad.
Quizá convenga recuperar la mirada de quienes saben comer, disfrutan del milagro de la vida y entienden el mundo como los verdaderos artistas: participar en las preparaciones, así sea agregando el toque mágico con una pizca de sal; sentarse a la mesa sin afán; admirar los colores; agradecer a Dios y al trabajo de quienes sembraron, transportaron y cocinaron los alimentos; y, finalmente, disfrutar de la compañía.
Quizá por eso Dalí sigue siendo trascendente. Contaba historias, hacía chistes, atendía a sus amigos y cultivaba sus amores. Y mientras muchos discuten sobre separaciones e identidades distintas, gran parte de España sigue mostrándonos que sus mayores tesoros nacieron precisamente de las mezclas: romanos, árabes, judíos, americanos y europeos alrededor de una misma mesa.
Disfrutando de los manjares de los grandes chefs y de tantos otros artistas de la cocina como Joan Roca, Martín Berasategui o Dabiz Muñoz, uno comprende que la creatividad no consiste en inventar ingredientes, sino en combinarlos de manera inesperada. Un poco de aceite de oliva, una pizca de tomate americano, unas hebras de azafrán árabe y mucho tiempo para conversar y brindar.
Al final, el mundo se divide entre quienes comen para vivir, quienes viven para comer y quienes viven para maravillarse. Y si en ese acto de asombro hay un jamón ibérico de bellota, un buen queso artesanal de pequeño productor, una buena bebida espirituosa, familia, amigos, amores y una espinaca con valores estéticos y morales esenciales, mejor aún.
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