Analistas 22/08/2020

A la altura de nuestra historia

Es inimaginable pensar todo lo que nos ha pasado a los colombianos de bien, lo que hemos resistido, lo que hemos contribuido desde nuestro trabajo honesto para que nuestras ciudades y nuestro país haya avanzado. Hemos conseguido logros convirtiendo a Colombia en un referente de democracia, progreso, crecimiento y bienestar; sin olvidar que hay tareas por hacer como el mejoramiento del rescate de lo ético, la inclusión económica, la equidad de género y el cuidado de nuestro medio ambiente.

La entrevista para el ingreso a la universidad la hice con el doctor Carlos Medellín (1928-1985); quien me entregó el diploma de grado fue el economista y ex ministro Enrique Low Murtra (1939-1991); mi compañera de curso fue Constanza Turbay Cote, hermana de los ex congresistas Rodrigo (1956-1997) y Diego (1969-2000); y el ministro más admirado en esos años por su coraje y valentía era Rodrigo Lara Bonilla (1946-1984). Así mismo, el candidato de la las juventudes y primer político a quien apoyé con ferviente entusiasmo y energía estudiantil, fue a Luis Carlos Galán (1943-1989) que esta semana cumplió 31 años de ser asesinado, al igual que todos los grandes hombres citados en este párrafo.

Desde lo que llevamos de historia Republicana, hemos sufrido los magnicidios de José María Córdoba en 1829, Antonio José de Sucre en 1830, José María Obando en 1861, Julio Arboleda en 1862, Rafael Uribe Uribe en 1914, Jorge Eliecer Gaitan en 1948 y, además de todos los citados en este texto, no podemos pasar por alto el asesinato del doctor Alvaro Gómez Hurtado en 1995.

"Hay en estos magnicidios algunas circunstancias similares, que bien vale la pena destacar. La primera es que en todos ellos aparece en forma clara el móvil político que los animó, a tal punto que en el debate histórico para establecer las respectivas autorías intelectuales han aparecido involucrados otros dirigentes políticos de sus respectivas épocas. La segunda es que tales asesinatos, revestidos de las características más atroces han quedado en el misterio, en cuanto a sus autores intelectuales se refiere, con la consiguiente monstruosa impunidad.

Seguramente el aspecto más protuberante de estos magnicidios colombianos es que todos, sin excepción, ha sido realizados con el firme propósito de producir determinados efectos políticos que, en algunos de ellos, revistieron características de verdaderas catástrofes sociales. Han sido episodios claves en el desarrollo de nuestras luchas por la conquista o conservación del poder público y no pueden pasarse por lo alto en el análisis de las épocas históricas a las que han estado fuertemente articulados. Porque, en efecto, cada uno de ellos ha estado relacionado directa o indirectamente, con alguna de nuestras grandes frustraciones nacionales, por lo cual sería necio considerarlos como fenómenos episódicos del acontecer social. Y ninguno de ellos ha sido solución a la crisis que se han pretendido superar por estos medios. Por el contrario han contribuido a agravarlas, dejando en el ánimo de los colombianos el más profundo sentimiento de dolor, de vergüenza y desolación. Porque cada vez que la mano aviesa y torpe de los asesinos ha tronchado la vida de algún varón ilustre, en lugar de despejar horizontes oscuros e inaugurar épocas de prosperidad, se han abierto verdaderos abismos de rencor y de odio y se han inaugurado épocas de retaliaciones, de sangre y de iniquidad."*

Sabemos que la clase política ha estado permeada por los intereses más oscuros y que tiene poder sobre las cortes, y es por eso que todos coincidimos que mientras no haya una verdadera reforma a la justicia, con independencia, sin intereses políticos, con probidad y con los más expertos, vamos a seguir patinando en la misma historia de impunidad, intereses y mafias disfrazadas de políticos. Apoyemos con coraje la iniciativa de reforma a la justicia, evidenciemos las leyes y fallos absurdos, rechacemos la cantidad ridícula de congresistas, opongámonos a quienes quieren acabar con nuestra democracia, nuestros empresarios, nuestros sistemas de educación y salud.

*Los magnicidios en Colombia, Eduardo Santa Loboguerrero abril 1986