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Alcanzar la fama mediante el contador de likes y menciones en redes sociales es uno de los fenómenos más extraños de nuestro tiempo. Hoy, el reconocimiento público masivo y efímero rara vez nace de la calidad o del talento genuino; por el contrario, parece premiar conductas un tanto vacías que ignoran por completo los valores de la ética y la estética que, hasta hace poco, definían unívocamente lo que era digno de admiración en una sociedad civilizada.
Cabe preguntarse, entonces: ¿qué es lo que realmente nos ata a un artista, a un político o incluso a quien simplemente “vende humo”, en las redes, si ya no son las formas ni la ética? La sociología moderna sugiere que hoy valoramos la autenticidad proyectada por encima de la excelencia. No buscamos necesariamente al mejor, sino al que parece “más real” o al que mejor refleja nuestras propias frustraciones y deseos. En este nuevo escenario, la conexión no nace de la admiración hacia un ideal, sino de una identificación emocional inmediata; preferimos el impacto de lo cotidiano y lo crudo antes que la distancia que impone la perfección.
Siendo crudos, la red no solo democratizó la información, sino que catapultó demonios antes reservados al pensamiento privado. La pornomiseria y la mofa desplazan al altruismo en pantallas donde el éxito exige impactar, no edificar. El algoritmo sabe que la tragedia vende: una agresión callejera capta más atención que cualquier acto de nobleza. En esta “sociedad de la transparencia”, el escándalo es el motor de la atención, advierte Byung-Chul Han. El horror se vuelve consumo masivo porque el morbo es el combustible de una audiencia que ya no busca estética, sino excitación visual a cualquier costo.
Si intentáramos señalar a los responsables de esta acelerada transformación cultural -esa que ha desdibujado la figura del estadista, del artista y del poeta-, la mirada no debería dirigirse únicamente hacia quienes producen para la red. Sería una salida demasiado fácil. Más bien, tendríamos que observar con ojo crítico a quienes consumen dichos contenidos. El “vendedor de humo” o el agitador del morbo solo existen porque encuentran un eco receptivo. Es el público, con su dedo inquisidor sobre la pantalla, quien otorga el salvoconducto a la mediocridad. Al elegir el impacto visual sobre la reflexión intelectual, el espectador moderno ha dejado de ser un ciudadano que valora la virtud para convertirse en un cliente que demanda entretenimiento a cualquier costo ético.
Quizás el equivocado sea yo y la sociedad halló en el algoritmo el placebo para una existencia llevadera. Vivimos tiempos extraños: no alcanzamos a procesar las distopías literarias antes de sumergirnos en la barbarie de las reales. Si el precio de la paz es renunciar a la ética por el morbo, tal vez los likes tengan razón y la crítica sea obsoleta. Mientras el “me gusta” sea nuestra única moneda, queda la duda de si alcanzamos la plenitud o si, simplemente, aprendimos a disfrutar del naufragio.
Las universidades privadas están preparadas para asumir ese reto, pero necesitan coherencia normativa y un entorno financiero que reconozca, y no penalice, su función social
Consciente del “trabajo de campo” que otros desplegaron, amparados en “acciones de último minuto”, poco se hace notar mientras rehúye a las polémicas del día a día. Las formas de competir se degradaron y con ellas el electorado