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El actual gobierno ha causado afectaciones profundas en la estructura del empleo y la seguridad social. El porcentaje de afiliados contributivos pasó de 50,6% a 46,5%. Los afiliados contributivos se redujeron en 1.335.534 y los subsidiados aumentaron en 2.684.518 (Sispro/Bdua).
En el último año, en las 13 grandes áreas metropolitanas, se crearon 125.000 empleos. En “Administración pública, educación y salud” se crearon 144.000, mientras en manufactura se perdieron 62.000; en hoteles y restaurantes, 57.000; y en construcción, 34.000. En Bogotá, particularmente, se crearon en total 29.000 empleos; el sector público generó 79.000. Sin el empleo público, la pérdida general de empleos en la economía habría disparado el desempleo.
Y la realidad es que sí se está disparando el desempleo. Una ciudad, Medellín, vio pasar su desempleo de 6,4% a 10,9%, entre agosto de 2025 y marzo de 2026. A diferencia de Bogotá, donde se indujeron 79.000 empleos en administración pública, Medellín redujo 13.000. Es decir, una ciudad más eficiente en términos de Adam Smith, para quien el empleo público es estéril. En total, en Medellín se perdieron 19.000 empleos. El sector manufactura redujo 32.000 y el comercio otros 21.000. Otros sectores de mayor sofisticación crearon empleos, pero no los suficientes.
La paradoja de Medellín es que los indicadores de seguimiento económico del Banco de la República, el PER (Pulso Económico Regional), muestran que la economía del Noroccidente se mantiene, con mucha distancia, como la más dinámica del país. Para los 12 últimos meses el indicador fue de 0,22, mientras que el de Bogotá fue de 0,12, casi la mitad.
El comparativo indica dos cosas terribles. La primera es que el gasto público destinado a contratos militantes en Bogotá y otras ciudades está generando un efecto explícito en las cifras de desempleo, mientras que la economía moderna y competitiva reduce el empleo. La segunda, que la reforma laboral, el aumento del mínimo y la revaluación están impulsando la racionalización del empleo.
Medellín sirve como contrafactual para esta segunda dinámica. La ciudad, medida con los indicadores del Banrep, creció casi el doble que Bogotá, el triple que Cali y cuatro veces Barranquilla. Y con todo y eso, mientras estas últimas mejoraron el índice de ocupación con empleos públicos, en Medellín se disparó el desempleo a la vez que su economía se expandía.
Lo que hacen los empresarios para mantener su competitividad global es racionalizar sus costos. Un empleado pasó de trabajar 48 horas semanales a 42. Las restricciones de contratación y los contratos de aprendizaje aumentaron, y el costo se incrementó arbitrariamente con el salario mínimo. El incentivo, entonces, está en aumentar los recursos de capital y tecnología, que se hacen progresivamente más baratos. Robots, bots, sistemas automáticos, inteligencia artificial: todo esto está jugando en Medellín, manteniendo el dinamismo económico mientras el empleo crece más lentamente o decrece.
La fiesta de empleos públicos se acabará muy pronto por simple escasez de recursos. Quedan unas pesadas cargas sobre el empleo formal, cargas que están profundizando la peor falla estructural que puede tener una economía: la informalidad. Seis de cada 10 colombianos se levantan a trabajar sin salario mínimo, pensión, riesgos laborales ni ley que los proteja. Es el resultado de un gobierno capturado por sindicatos estatales que viven a costa de todos los colombianos. ¿Va a dejar que esto siga, con su voto, mientras cada vez es más difícil tener un buen trabajo?
Y entonces uno viaja a Medellín y entiende que la cosa podría ser distinta. La llamada “cultura Metro” no es un eslogan: es una conducta observable. La gente hace fila, no raya los vidrios. Las estaciones de hace años siguen impecables
La Ley 2277 de 2022 no desmontó el 4x1.000 ni creó una exención nueva. Modificó la forma de aplicar una exención ya existente para movimientos mensuales que no superen las 350 UVT