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Analistas 01/06/2021

La credibilidad perdida

Paula García García
Conductora Red+Noticias

Nos tildan de periodistas prepago, nos acusan de tener agenda y ser unos vendidos. Por estos días, de ánimos tan caldeados, abundan los insultos a la prensa. Improperios bastantes subidos de tono que resultan innombrables en un espacio como este y que se resisten a dar tregua. Si bien la falta de credibilidad en los medios no es un fenómeno nuevo, el estallido social que enfrenta Colombia ha llevado al tope las emociones.

Por fortuna vivimos en un país en el que la libertad de expresión aún existe. Cada cual tiene derecho a opinar lo que mejor le parece, y hacerlo público si así lo desea. Sin embargo, el descrédito al periodismo merece una mirada que trascienda la vulgaridad y la grosería. Las implicaciones de un rechazo, que raya con el odio profundo, no son menores.

Mientras las noticias falsas ganan terreno como herramienta para generar caos, crece la falta de aceptación hacia las fuentes de información tradicionales. Es triste, pero sobre todo, preocupante. Le hace mucho daño a una sociedad caer presa de contenidos ligeros que lejos están de conocer el rigor periodístico que exige la confirmación de los datos, los hechos y los involucrados.

Lo que pasó con Almacenes Éxito, una marca edificada por años que en cuestión de minutos terminó graduada de centro de tortura en Cali, los ataques a las ambulancias por cuenta de rumores sin fundamento sobre el supuesto traslado de municiones para el Esmad, o las cientos de imágenes tomadas de otros contextos para adjudicarlas a la situación actual, son la muestra de lo peligroso que resulta dar la espalda a las opciones verificadas.
Las noticias falsas manipulan, alimentan la incertidumbre. Su único fin es confundir y sublevar. Es aterrador que algunos representantes de la institucionalidad, conscientes de su poder de convocatoria, hayan optado por entrar en el macabro juego de generarlas o replicarlas. En ambos casos, el pecado existe.

Hoy, cuando menos nos creen, es, paradójicamente, cuando más necesarios somos. La rapidez en la difusión de los acontecimientos se ha convertido en un arma de doble filo. En las manos incorrectas, con las intenciones menos santas, las consecuencias pueden llegar a ser catastróficas.

Para nadie es un secreto, ni pretende serlo, que la línea editorial en los medios existe, pero tenerla no significa una licencia para faltar a la verdad como a menudo se interpreta. Ahora, y esto es quizá lo más valioso, la decisión acerca de qué producto consumir siempre estará en manos de la gente. Esa potestad no tiene precio. Ejérzanla, consuman medios establecidos que les generen confianza, que consideren serios, que los identifiquen, mas no permitan que las fake news sigan haciendo carrera.

Por supuesto, de este lado, desde la orilla de quienes ejercemos el oficio, surgen varias preguntas: ¿Qué no estamos haciendo bien? ¿qué responsabilidad nos cabe en la desconexión con las audiencias? ¿qué mejorar? La reflexión es urgente para todos los colegas. Es un error normalizar los agravios que recibimos a diario y tan solo dejarlos pasar. Hay un malestar manifiesto que tiene un trasfondo. Un malestar que, entre otras cosas, se alimenta de nocivas narrativas por deconstruir. Es nuestro deber trabajar por recuperar la credibilidad perdida.