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Grecia obtiene espacio para respirar, pero se vislumbra una pelea

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La principal acción, como siempre, involucra al superávit primario de Grecia; ¿Cuánto más necesitará recaudar en ingresos el país que pueda gastar en otras cosas además de intereses? En estos últimos días la pregunta fue si se forzaría a los griegos a apuntar a superávits primarios muy altos bajo la amenaza de ser empujados a una crisis inmediata. Y no fue así.

Una forma útil de entenderlo es con un cuidadoso análisis del lenguaje del acuerdo (como lo hace aquí el economista Norbert Häring: bit.ly/1FLiBq5). Pero sostendría que en un sentido importante hemos pasado ese tipo de disección de palabras. En cambio, debemos pensar en qué sucederá sustantivamente de ahora en adelante.

En este momento, Grecia ha evitado la cesación de crédito, y peor aún una decisión del Banco Central Europeo (BCE) de desenchufar el cable a los bancos del país. Y Grecia lo ha hecho logrando al mismo tiempo que efectivamente se exente su meta de superávit primario para 2015.

El siguiente paso será en cuatro meses, cuando Grecia haga un intento serio por superávits más bajos en los próximos años. No sabemos cómo saldrá eso. Pero nada de lo que ha pasado hasta el momento es probable que debilite la posición griega en esa ronda futura. Suponga que los alemanes afirmen que alguna cláusula ambiguamente redactada debería interpretarse como que Grecia debe alcanzar un superávit de 4.5 por ciento del producto interno bruto. Grecia dirá que no, que no debe hacerlo, ¿y luego qué? Hace un par de años, cuando toda la Gente Muy Seria de Europa creía absolutamente en la austeridad, Grecia pudo haber enfrentado represalias por cuestiones de parafraseo; ahora no.

Por tanto, Grecia ha ganado condiciones relajadas para este año, y espacio para respirar en los preparativos para la pelea más grande que está por delante. Podría ser peor.

Crisis fiscales fantasmas

Matthew Klein, del Financial Times, recientemente abordó un tema que tengo cerca del corazón: el misterioso y persistente temor de que Japón y otros países que se endeudan en moneda propia repentinamente podría enfrentar una crisis estilo griega si los inversionistas en bonos pierden confianza, y que esto es motivo para elevar los impuestos o recortar los beneficios incluso en una economía deprimida.

Dedique mi conferencia Mundell-Fleming para el Fondo Monetario Internacional a este tópico en 2013, cuando dije lo siguiente: “Notablemente, nadie parece haber expuesto exactamente cómo es que una crisis estilo griega supuestamente debe pasar en un país como Gran Bretaña, Estados Unidos o Japón; no creo que haya ningún mecanismo plausible para dicha crisis”.

Eso sigue siendo cierto, pero el temor a dicha crisis persiste. Es cierto pese a que la aparente relación entre niveles de deuda y costos de endeudamiento ha desaparecido ahora que el BCE está haciendo su trabajo como prestamista de última instancia.

Entonces, ¿cuál es la base de este miedo?

La respuesta que parezco recibir es temor a un cambio drástico en las circunstancias; que Japón, digamos, pueda participar de cierto tipo de túnel cuántico macroeconómico, haciendo una transición repentina de deflación a inflación descontrolada y moneda en picada. Eso no es imposible, pero sí parece una cosa rara por la que preocuparse en este momento.

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