Analistas 19/09/2020

Una nueva era en la política monetaria

Con colaboración de Diego Fernando Agudelo López

El mundo ya supera los 30 millones de contagios y las 900.000 muertes por covid-19, cifras que aumentan cada día y que muestran que, a pesar de los avances en el tratamiento del virus y buenas noticias frente al desarrollo de una vacuna, aun la pandemia no está bajo control y sin duda es el principal factor que continuará determinando el futuro económico global.

Parte de la solución para combatir la pandemia han sido los bancos centrales, la política monetaria ha jugado un papel crucial para mitigar los daños causados y evitar que la crisis se convierta en una depresión y hasta el momento, sus medidas han sido exitosas. No obstante, el entorno actual se encuentra lleno de incertidumbre y los bancos centrales se enfrentan también a ella.

Es por ello que la política monetaria ha vuelto a ser el centro de atención esta semana. Los bancos centrales más influyentes del mundo realizaron sus respectivas reuniones de política monetaria en los últimos días donde se ha hablado de algunos eventos relevantes y vale la pena dar un vistazo a sus conclusiones.

En primer lugar, el Banco Central Europeo (BCE), en línea con lo esperado dejo inalteradas sus tasas de referencia, las cuales se encuentran entre -0,50% para el caso de la tasa remuneratoria a los excesos de liquidez depositados en el banco central y el 0% - 0,25% para las diferentes operaciones de liquidez que otorga el banco central al sistema bancario. No obstante, mejoraron levemente sus perspectivas macroeconómicas.

Ahora se espera una contracción de -8% en el PIB de la región para 2020, 0,7% menos que en su anterior proyección. Frente al crecimiento en 2021 y 2022, se mantuvieron las perspectivas de crecimiento estables en 5% y 3,2%, respectivamente. Respecto a la inflación, no se presentaron novedades, manteniéndose en 0,3% para 2020 y ascendiendo a 1% y 1,3% en los siguientes dos años.

Por último, uno de los comentarios más relevantes por parte de Christine Lagarde, presidente del BCE, fue que “no es necesario sobrereaccionar a la apreciación del euro” pues, aunque pueda afectar la inflación a mediano plazo, el banco central no tiene una tasa de cambio objetivo, por lo tanto, no se esperan tomar medidas cambiarias para ello.

En segundo lugar, el banco central de Reino Unido mantuvo sus tasas de referencia en 0,1% de acuerdo con lo esperado, no obstante, dijo que, si la economía se enfrentaba a un aumento del desempleo o una segunda ola de contagios que pongan en peligro la recuperación económica, el banco no descartaría implementar tasas de referencia negativas, en consecuencia, la libra se debilitó alcanzando niveles de US$1,2950 por libra.

El último, pero no menos importante (todo lo contrario) se encuentra dando el paso a una nueva era en la política monetaria. El presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, ha intervenido en dos discursos cruciales en las últimas dos semanas. El primero a finales de agosto en el simposio de Jackson Hole el cual fue titulado “Retos para la política monetaria” y el segundo, el miércoles en su conferencia de prensa.

El punto más importante de estas dos intervenciones es la declaración en el cambio de política conocido como inflación objetivo que nació en 2012. En aquella época, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, declaró que el banco central estadounidense continuaría con su mandato dual de estabilidad de precios y pleno empleo, sin embargo, tendría como objetivo buscar tener una inflación de 2% (anteriormente era de 1,5%), esto quiere decir que en el momento que ese objetivo no se cumpliera así mismo se tomarían decisiones de tasas de interés para buscar cumplir ese objetivo.

Ahora bien, Jerome Powell, en sus últimas intervenciones confirmó que ese objetivo terminaría y comenzaría una nueva era donde se buscará tener una inflación objetivo promedio de 2% con el fin de tolerar niveles de inflación más altos a medida que la economía se recupere y se alcance un nivel de pleno empleo.

Esto también podría llevar a dar la estocada final para la muerte del modelo económico conocido como “Curva de Philips”, el cual es una teoría que sugiere que el desempleo y la inflación tienen una relación inversa. Esta relación claramente no se ha cumplido, pues en los últimos 10 años la inflación ha tenido un promedio de 1,6% y la tasa de desempleo ha fluctuado fuertemente.

La Fed reconoce que quiere mantener un enfoque totalmente flexible y que para sus futuras decisiones este tipo de modelos no tendrán la relevancia que anteriormente tenían. Por otra parte, el mensaje más importante es que las tasas de referencia del banco central permanecerán bajas por mucho tiempo, por lo menos es algo seguro hasta 2023, (La Fed tardó siete años en volver a subir sus tasas después de la crisis financiera de 2007/08).

En pocas palabras, aunque la inflación repunte, si no se tiene estabilidad financiera ni total empleo el banco central no aumentará sus tasas. Adicionalmente, Powell explica que, en caso de un repunte en la inflación, el banco central tiene todas las herramientas para combatirla pero que por el momento no se han encontrado aquellas para lograr combatir el problema contrario, una inflación prácticamente en silencio.

Aunque parezca sencillo agregarle una sola palabra a este objetivo, su impacto es de grandes magnitudes. De hecho, los mercados se encuentran ansiosos por conocer más detalles y las recientes caídas en las bolsas se explican por una decepción al no entender exactamente cómo será medida esta nueva política. De todos modos, Powell indicó que realmente no existe una “fórmula mágica” que defina el camino del futuro de la política monetaria, pero que continuarán utilizando todas sus herramientas para cumplir sus objetivos y ayudar la economía.

Las consecuencias totales de esta nueva eran aún están por verse, sin embargo, es posible dilucidar algunas de ellas como, por ejemplo, que un entorno de tasas bajas causa angustia por búsqueda de retornos, altas valoraciones para activos que ofrezcan crecimiento de capital y la necesidad de portafolios más sofisticados que contemplen inversiones alternativas y protejan ante los riesgos que se avecinan.