.
Analistas 21/08/2021

Una educación que trasciende

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

En estas últimas semanas he tenido la oportunidad de acceder a tres reportes de relevancia con relación a las tendencias y desafíos para la educación superior y la apuesta por un proceso educativo que aporte de modo coherente a este momento histórico, un cambio de época, que han desencadenado un sinnúmero de retos para el sector educativo, frente a las dinámicas de la era digital y del mundo del trabajo (Cfr. Coursera Global Skills Report 2021; Horizont Report 2021; The Chronicle of Higher Education. The Digital Campus. Obstacles and Opportunities in Tech Transformation). Se trata de informes oportunos y pertinentes para todos los que estamos inmersos en la prestación del servicio educativo en las Instituciones de Educación Superior (IES), y que vale la pena analizarlos y tenerlos en cuenta con sentido de urgencia para reimaginarnos como sector, y considerarlos de cara al presente y futuro educativo de nuestros estudiantes y graduados.

Estas reflexiones nos dan la oportunidad de analizar a profundidad sobre el estado de las competencias y habilidades que resultan estratégicas para el desarrollo de los proyectos de vida de los estudiantes. De igual forma, adquieren una importancia máxima para la institucionalidad gubernamental y de los sectores productivos del país con el fin de evaluar aquellas brechas que hoy estamos llamados a abordar y poder así, contribuir a su cierre en función de una fuerza laboral que esté lo suficientemente preparada para las apuestas de un desarrollo humano y social sostenible. Lo más importante es poder conocer las necesidades reales de los sectores, pero también identificar los aprendizajes, competencias y habilidades que se requieren para responder pertinentemente a estas. Bajo ese contexto resulta clave que los aprendizajes sean holísticos, y que estos ayuden a la configuración de un ciudadano ecológico integral.

Como lo dije antes, estamos en un cambio de época, antes que una época de cambios. Y en este orden, se trata de un mundo que está marcado por desafíos e incertidumbres, mucho más ahora, con la vivencia de la pandemia y sus grandes impactos humanos y sociales. En una sociedad en profunda crisis, con el hombre errante y náufrago es donde la educación debe forjar y anunciar la buena noticia que lo transforma todo. No se trata de sentirnos en un ambiente de desesperanza y pesimismo. Por el contrario, se trata de ser una guía o faro que oriente la vida de las personas y de la sociedad a través de un compromiso con una presencia educativa que permite tener un horizonte con sentido y significado.

Para alcanzar este sentido es necesario no contemporizar ni desistir de la labor de ser educador. No podemos caer en la tentación de un sentimiento de desaliento, donde el principio de combatir y luchar decaiga y se pierda la batalla. Tampoco podemos forzar el proceso humano, no podemos separar antes de tiempo, “el trigo y la cizaña” porque no solo hay maldad en las estructuras humanas, también hay bondad y luz. La tentación de no valorar la interacción está en lo cognitivo y los valores del corazón no tienen que estar distantes de la vida de los hombres de hoy. El entendimiento sin el sentir tiende a dividir.

No hay que olvidar tampoco que el todo es superior a la parte. La construcción de la esperanza pasa por aceptar la realidad por la que vivimos, con los pies en la tierra. La esperanza nos invita a decidir por cual proyecto y sociedad ir y construir. Aquí es donde la perspectiva educativa aparece para que con ella podamos implementar una nueva cultura. La educación y las instituciones deberán ser el espacio humanizado que crea cultura, que rescata lo opacado por el brillo postmoderno del éxito. El proyecto educativo debe ser el lugar (geográfico, pero también existencial) en el cual se desarrollan los principios que permiten el proceso integral de las personas y el desarrollo sostenible de los contextos; no perdamos la esperanza del poder trascendente de la educación.