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Colombia celebró, con razón, un hecho extraordinario: varios profesionales colombianos participaron en la misión Artemis II, uno de los proyectos científicos más ambiciosos del siglo XXI. Esta realidad es la confirmación de algo que el país ya sabe, pero no termina de asumir en serio: Colombia tiene talento de clase mundial. Ahí están los nombres: ingenieras y científicos formados en distintas regiones del país, hoy protagonistas en una misión que marca el regreso de la humanidad a la órbita lunar.
Desde la dirección de vuelo, los sistemas del cohete, el soporte vital o la recuperación de la cápsula, su participación no fue simbólica; fue estructural. Pero, junto al orgullo, hay una pregunta incómoda que el país debería hacerse: ¿por qué ese talento encuentra su máximo desarrollo fuera de Colombia? Porque este no es solo un caso de éxito; es también un síntoma. Durante años, Colombia ha insistido en ampliar la cobertura educativa, en formar más profesionales y en fortalecer la educación superior. Y lo ha logrado parcialmente: hoy hay más acceso, más graduados y más instituciones. Pero el problema ya no es solo formar talento, sino qué pasa con ese talento después.
La historia de estos colombianos es, en muchos sentidos, la historia de miles: formación inicial en el país, desarrollo profesional en el exterior y contribución decisiva a sistemas científicos que no son el propio. No se trata de cuestionar sus decisiones, todo lo contrario. Se trata de cuestionar las condiciones del país, porque cuando el talento tiene que irse para realizarse plenamente, el problema no es del talento, es del sistema.
Colombia sigue teniendo una deuda estructural en tres frentes clave. El primero es la articulación entre educación superior y desarrollo científico. Formamos ingenieros, científicos y profesionales altamente capacitados, pero no contamos con un ecosistema robusto que les permita investigar, innovar y escalar sus capacidades dentro del país. El segundo es la inversión en ciencia, tecnología e innovación. Mientras otras economías entienden que el conocimiento es su principal activo estratégico, Colombia sigue tratando este campo como un gasto marginal. El resultado es predecible: pocas oportunidades, baja capacidad de absorción de talento y limitada proyección internacional. El tercero es, quizá, el más profundo: la ausencia de una política de Estado sobre talento humano de alto nivel, aunque hace escasas semanas el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación hiciera el lanzamiento de una convocatoria para formar doctores. No basta con formar; hay que atraer, retener y proyectar ese talento en función del desarrollo nacional.
Lo que Artemis II pone sobre la mesa no es solo una historia de orgullo. Es una evidencia contundente de lo que podríamos ser… y no estamos siendo. Porque la pregunta de fondo no es cuántos colombianos llegan a la Nasa o a centros de investigación global. La pregunta es cuántos de ellos podrían estar liderando proyectos científicos en Colombia si existieran las condiciones adecuadas.
Y aquí aparece el papel de la educación superior. Las universidades no pueden limitarse a formar profesionales para un mercado global que luego los absorbe sin retorno. Están llamadas a algo más exigente: formar líderes capaces de transformar el país y articular su talento con los desafíos nacionales. Pero eso no depende solo de ellas. Requiere un entorno que valore el conocimiento, que invierta en ciencia, que conecte academia, empresa y Estado, y que entienda que el talento humano es el principal activo de desarrollo en el siglo XXI.
Como gerente de la empresa de agua potable y saneamiento básico más grande del país, hago un llamado a la sensatez, a dejar a un lado los cálculos políticos y las decisiones basadas en ideología y a pensar en el bienestar de los usuarios y la sostenibilidad de las empresas