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ANALISTAS 17/02/2026

No soy buza, pero he aprendido a navegar bajo presión

Natalia Zuleta
Escritora y speaker
Natalia Zuleta

Creo que esta es una poderosa metáfora para mirarnos como líderes. Como presidenta de Junta Directiva, siempre me cuestiono cómo llegar y recibir a los otros miembros en cada reunión. Debo confesar que es un tema que me genera adrenalina y ansiedad. Pero es una ansiedad fértil, una tensión creativa que me obliga a salir de los lugares comunes.

La primera reunión del año es decisiva: allí definimos la mirada y los acuerdos sobre lo que queremos que sea el año que comienza. Sin embargo, en el frío ambiente del management y el gobierno corporativo solemos olvidar algo esencial: sentir. Llegamos en modo automático, directo a cifras y OKR, como si las personas sentadas a la mesa fueran solo razón. Se nos olvida que también son emoción. Y es en el diálogo entre cabeza y corazón donde la gestión se vuelve verdaderamente humana.

Reconozco la enorme responsabilidad que tenemos como miembros de Junta de aportar estructura y conocimiento. Pero una de las lecciones más poderosas que me ha dado el camino espiritual -a través del mindfulness y la meditación- es el valor de la vulnerabilidad como espacio legítimo de crecimiento y expansión.

Un día antes de la reunión, mi mente se abruma con estadísticas y análisis. Mi corazón late con fuerza anticipando el desenlace. El año pasado entendí que ignorar estas emociones es un error: no solo por mi salud física y mental, sino por lo que implica negar quién soy y lo que puedo aportar desde esa humanidad. Generar conversaciones profundas más allá de los números no desvía la atención de lo esencial; la amplía. Nos permite reconocer miedos compartidos, historias comunes y reflexiones que conectan lo personal con lo corporativo como un espacio de evolución humana permanente.

Por eso, una de las herramientas más poderosas que uso al iniciar cada reunión son las metáforas. El lenguaje crea realidad. Y las metáforas abren ángulos de visión que convocan la creatividad para repensar el mundo.

Este año comenzó con el monólogo de la incertidumbre: convulsión geopolítica, economías volátiles, violencia creciente, crisis climática. La historia parece repetirse en ciclos cada vez más acelerados. Y sí, eso genera ansiedad. Sentada en mi estudio, planeando la junta, apareció la imagen de un buzo. Una invitación a hacer lectura estratégica del entorno en aguas profundas.

La conversación cambió.

Los líderes somos como buzos bajo presión constante, una presión que se intensifica en un entorno donde la información es exponencial y el ruido permanente. Enfrentamos mareas globales que exigen realismo con perspectiva. El liderazgo no puede amplificar el ruido; debe gestionarlo. No solo mirar lo que se pierde, sino lo que se puede crear.

En las profundidades hay que saber administrar el aire. Recuperar la perspectiva bajo presión. Afinar el radar para leer la realidad desde la superficie, ir a la fuente, analizar con agudeza. Pero, sobre todo, reconocer la presión que sentimos. Hablarla. Nombrarla. Los buzos no esperan que la presión desaparezca. Aprenden a habitarla.

Abrir ese espacio en mi primera junta del año transformó la conversación. Desde la vulnerabilidad compartida afinamos la mente para elegir el foco del año que viene. Descubrí con sorpresa que la metáfora hizo eco en muchos. Todos estaban sintiendo la presión; pocos la estaban nombrando.
No soy buza. Pero he aprendido que el liderazgo no consiste en escapar de la profundidad, sino en saber respirar dentro de ella. Las Juntas que solo miran cifras sobreviven. Las que se atreven a nombrar el miedo, la incertidumbre y la ambición compartida, evolucionan.

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