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ANALISTAS 25/03/2026

Cuántas heridas guardamos en nosotros

Natalia Zuleta
Escritora y speaker
Natalia Zuleta

Todos conocemos a alguien que reacciona de más. Que se defiende sin que nadie lo ataque, o que hiere incluso cuando dice amar. ¿Alguna vez han pensado cuál es el origen de tanto desequilibrio emocional? Somos muy buenos buscando las causas de tanta ira y dolor fuera de nosotros. Tal vez es más fácil mirar hacia afuera. Señalar, juzgar, explicar el mundo desde lo que hacen los otros. Pocas veces nos detenemos a asumir la responsabilidad de lo que nos habita. Es difícil pararnos frente al espejo y descubrir que guardamos en el corazón dolores y heridas. Una cadencia interna que silenciosamente marca la forma en que sentimos, pensamos y actuamos.

Vivimos en medio de mareas intensas. Ideas que adoptamos muchas veces sin cuestionar, emociones que cargamos sin entender y heridas que siguen acompañándonos mucho tiempo después de haber ocurrido. Somos, en muchos sentidos, una especie en combustión.

Por eso resulta cada vez más difícil comprender el origen de tantas guerras, de innumerables disputas no resueltas y de un lenguaje común que se aviva en el odio y el miedo. No en vano la política se ha convertido en un escenario de guerra y hasta en un teatro en donde se representan las versiones más bajas del ser humano. Más allá de la indignación y la desesperanza, como escritora en permanente búsqueda espiritual me surge la pregunta incómoda de ¿cuántas heridas tenemos guardadas en el corazón? La respuesta es una búsqueda íntima y personal. Porque al final somos producto de todo el universo interior que nos habita: desde el corazón hasta el último pensamiento, somos aquello que corre por nuestra mente a caudales. Somos el resultado de lo que no hemos resuelto. De traumas que no nombramos, de creencias que no cuestionamos y de dolores que preferimos guardar en el pasado antes que atravesarlos.

En cierta medida somos como niños huérfanos de sentido y reaccionando con grandes pataletas. Y en ese escenario el miedo se vuelve protagonista y nos distrae de la tarea esencial de mirarnos. Entonces me pregunto: ¿qué pasaría si, en lugar de seguir reaccionando, decidiéramos entender y escuchar nuestras emociones? Viajar al origen. Esto requiere profundidad, determinación y coraje. Pero, más allá de toda voluntad, mirarnos al espejo con honestidad y sin justificaciones para preguntarnos qué responsabilidad tenemos en la vida que hemos construido. No solo desde nuestros logros, sino también desde nuestras heridas.

Tal vez ha llegado el momento de hacer un inventario distinto. Uno que no mida resultados, sino conciencia. Una especie de arqueología del alma que nos permita reconocer las huellas que han dejado nuestras experiencias y entender cómo estas siguen influyendo en nuestra forma de estar en el mundo. Hacer un inventario espiritual de aprendizajes y desnudarnos.

Las emociones, como lo plantea Brené Brown, son el lenguaje de la experiencia humana. Y aprender a leerlas y nombrarlas es también aprender a asimilarnos. Mapearnos por dentro es una necesidad urgente si queremos dejar de vivir en piloto automático, culpando a todo lo demás de nuestra incomodidad e incertidumbre.

Lo que no estamos dispuestos a ver es aquello que precisamente requiere nuestro mayor esfuerzo y atención. Sentarnos en el diván a indagar nuestras heridas nos asegurará sanar aquello que no debemos repetir. Más allá de las coordenadas impuestas por un mundo de sobreexigencia, el verdadero acto de evolución es detenernos, escuchar, sentir y entender. Poner la mano en el corazón y preguntarnos, en un uno a uno espiritual, qué nos duele, es un acto necesario para ejercer nuestra humanidad en un mundo de obscena dependencia tecnológica.

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