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¿Puede una empresa fracasar no por falta de estrategia sino por una percepción equivocada de sí misma?
La pregunta puede parecer extraña, pero después de observar durante años la evolución de nuestra empresa familiar, empiezo a creer que las organizaciones se parecen mucho más a las personas de lo que estamos dispuestos a admitir. No son únicamente estructuras racionales diseñadas para producir resultados. Son organismos vivos integrados por seres humanos que sienten, interpretan el mundo, construyen relaciones y desarrollan una identidad propia que evoluciona con el tiempo.
Nuestra empresa acaba de cumplir 40 años. Cuatro décadas son suficientes para acumular aprendizajes, éxitos, errores, cicatrices y también algunas certezas que tal vez necesitan ser cuestionadas. Como ocurre con cualquier persona que alcanza una etapa de madurez, llega un momento en el que el entorno cambia más rápido que nuestras propias convicciones y surge una necesidad inevitable: detenerse a revisar quiénes somos.
Si pensamos las empresas como individuos, cada una posee una personalidad que la diferencia en el mercado. Tiene valores, aspiraciones y una forma particular de relacionarse con sus clientes y colaboradores. Pero también carga miedos, sesgos y recuerdos de decisiones que funcionaron o fracasaron en el pasado. Todo esto termina expresándose en la cultura organizacional y, muchas veces de manera casi imperceptible, moldea la forma en que líderes y equipos interpretan la realidad y toman decisiones.
Por eso me gusta pensar que las organizaciones también desarrollan algo parecido a la autoestima.
La reputación es lo que otros piensan de una empresa. La autoestima corporativa es lo que la empresa piensa de sí misma.
Y como ocurre con las personas, esa percepción no siempre coincide con la realidad. Existen organizaciones que se subestiman y operan desde la inseguridad, convencidas de que no tienen la capacidad para innovar, crecer o transformarse. Otras caen en el extremo contrario y terminan atrapadas en una especie de narcisismo corporativo que les impide escuchar las señales del mercado o escuchar a sus clientes. La soberbia es peligrosa, pero una mala autoimagen también lo es.
En ambos casos aparece una desconexión entre la identidad percibida y la realidad. Recientemente decidimos realizar una investigación de mercados. Pensé que encontraríamos respuestas sobre nuestros clientes, pero descubrí algo más valioso: encontramos respuestas sobre nosotros mismos. Confirmamos algunas verdades que intuíamos, pero también nos enfrentamos a percepciones que no habíamos visto con suficiente claridad.
Fue como sentar a la empresa en el diván de un terapeuta.
¿Qué creemos que somos? ¿Qué perciben realmente nuestros clientes? ¿Cuáles de nuestras fortalezas siguen vigentes? ¿Qué creencias heredadas continúan condicionando nuestras decisiones? ¿Qué aspectos de nuestra identidad necesitan evolucionar?
Las preguntas resultaron más importantes que las respuestas.
Con frecuencia las organizaciones toman decisiones observando únicamente hacia afuera. Analizan competidores, tendencias y cifras de mercado. Todo eso es necesario, pero insuficiente. La verdadera evolución comienza cuando existe la capacidad de mirar también hacia adentro y contrastar con honestidad la imagen que tenemos de nosotros mismos con la imagen que el mundo nos devuelve.
Las empresas familiares son especialmente sensibles a este fenómeno. Su historia se construye a partir de generaciones, valores compartidos y relatos que muchas veces se convierten en verdades incuestionables. Sin embargo, ninguna organización puede evolucionar si permanece aferrada a una identidad que ya no corresponde a su realidad ni a su potencial.
La autoestima organizacional exige autoconocimiento, autoaceptación y autorrespeto. Exige reconocer fortalezas sin caer en la arrogancia y aceptar limitaciones sin perder la confianza. Exige la valentía de escuchar aquello que el mercado tiene para decirnos, incluso cuando contradice nuestras propias creencias.
Al final, las empresas no evolucionan cuando simplemente se miran al espejo. Evolucionan cuando tienen el coraje de contrastar la imagen que el mundo percibe.
Y quizás allí reside uno de los mayores desafíos del liderazgo contemporáneo: ayudar a las organizaciones a descubrir cómo han evolucionado y quiénes son realmente para establecer con claridad qué quieren y pueden llegar a ser.
En los años recientes, Prodeco fue la empresa minera que sufrió los impactos de las comunidades indígenas cerca del área de influencia de su proyecto en el departamento del Cesar, en los municipios de La Jagua de Ibirico, Becerril, El Paso y Valledupar