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ANALISTAS 15/04/2026

Irán, gas, fertilizantes y desidia

Maximiliano Rodríguez Fernández
Socio de Sotomonte, Sotomonte & Rodríguez Abogados

Mientras el país se consume en la discusión sobre el control de la inflación por las medidas adoptadas por la Junta Directiva del Banco de la República, el Gobierno Nacional ignora deliberadamente y por largos períodos de tiempo una amenaza concreta y costosa para los hogares y la economía colombiana: el acelerado aumento de los precios del gas y los fertilizantes en los mercados internacionales, así como la creciente fragilidad de su oferta. Se trata de insumos esenciales, sin los cuales no hay industria, no hay energía y, sobre todo, no hay alimentos.

La indiferencia inicial y los pañitos de agua tibia tardíos resultan aún más preocupantes frente a las reiteradas alertas de los gremios, las organizaciones internacionales y los expertos en la materia. No se trata de una contingencia pasajera. Todo indica que la alta volatilidad en precios y disponibilidad del gas y los fertilizantes se mantendrá como consecuencia directa de los conflictos en Ucrania e Irán, una realidad que, tarde o temprano, terminará reflejándose en el bolsillo de todos los colombianos.

Las cifras ya hablan por sí solas. En los primeros meses de este año, más de 20% del gas consumido en el país fue importado, una proporción que con toda seguridad aumentará en el segundo semestre, cuando la llegada del fenómeno de El Niño obligue a intensificar la operación de las termoeléctricas. Esta dependencia creciente del gas importado -resultado directo de las políticas de este gobierno, al que le fastidia el gas producido en el país, pero parece encantarle el venezolano- expone a Colombia a la volatilidad de los mercados internacionales. Basta recordar que, tras el inicio del conflicto en Oriente Medio, los precios del gas en Asia llegaron a incrementarse temporalmente hasta en 140% y que el cierre del Estrecho de Ormuz redujo en más de 20% la oferta mundial del producto.

Las consecuencias son evidentes. Una economía con una alta dependencia de importaciones no puede absorber sin costos los choques simultáneos de aumento de precios y reducción de oferta. El consumo en los hogares, el transporte, la industria y la generación de energía están directamente en riesgo de verse gravemente afectados.

En materia de fertilizantes, el panorama es igual o incluso más preocupante. A los incrementos derivados del conflicto en Ucrania se suman ahora los efectos de la guerra en Oriente Medio. Más de una cuarta parte del comercio mundial de fertilizantes nitrogenados y cerca de 20% del gas -principal insumo para su producción- transitan por el Estrecho de Ormuz. No sorprende entonces que, en cuestión de semanas, los precios de productos como la urea hayan aumentado más de 70% en los mercados internacionales y alrededor de 50% en Colombia.

El impacto para el sector agrícola es devastador. Los agricultores enfrentan un aumento sustancial en los costos de sus insumos, incremento que inevitablemente se trasladará al precio de los alimentos que consumimos a diario. Se trata de un golpe adicional para un sector que ya ha perdido más de 360.000 empleos y que podría sacrificar muchos más como consecuencia de esta nueva escalada de precios.

La situación exigía respuestas urgentes hace un par de meses, no en la última semana, cuando los efectos de las variaciones de precios de estos productos y sus efectos ya eran evidentes.

Y es que no existe una estrategia clara de exploración y explotación de gas que garantice el abastecimiento sin depender del mercado internacional. Tampoco una política agrícola de largo plazo capaz de anticipar y mitigar las disrupciones en el mercado global de fertilizantes, ni mucho menos una política industrial que apueste por la producción nacional de estos insumos estratégicos. La eventual compra de Monómeros parecía una oportunidad para avanzar en esa dirección.

Sin embargo, como cualquier negocio, su éxito depende de una gestión técnica y responsable.

Algo que, a la luz de la situación de Ecopetrol, este gobierno ha demostrado no estar en capacidad de garantizar.

Como en tantos otros asuntos de la agenda nacional, las soluciones existen, pero están en manos de un gobierno que parece más interesado en aplazar los problemas que en resolverlos.

La estrategia es clara: patear la pelota hacia adelante, con la esperanza de que la bomba termine explotándole al siguiente.

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