Desde hace unos días me viene dando vueltas en la cabeza y creo cada vez más esa versión descabellada. Solo permita preguntárselo por un segundo, ¿qué tal si las Farc sí fueron las responsables del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado? Al principio me negué rotundamente a creerlo, pero apuntando a eso, las piezas de ese rompecabezas que nunca se armó, empiezan a tener algo de forma.

Y quiero hacer la salvedad que de entrada creerle a las Farc es muy difícil. Hay que ver cómo en cartas conmovedoras y muy bien fabricadas para el conocimiento público piden perdón, aseguran que asumirán todos los delitos, que aportarán a la verdad, que respetarán el acuerdo y que repararán las víctimas.

Son palabras bien recibidas, por supuesto, pero ya dicen por ahí que obras son acciones y no buenas intenciones. Y es que, por ejemplo, en el caso del reclutamiento una y otra vez vemos que cuando es la hora de declarar ante la JEP, la verdad está enredada. Hace poco escuchamos la intervención de Joaquín Gómez quien primero dijo que ellos no reclutaron niños, y después en un acto de recordación insólito en la misma audiencia lo reconoció y pidió perdón. Eso sí, se le olvidaron los abortos forzados, y en cambio dijo que eran las mismas mujeres quienes optaban por “desembarazarse”.

En fin esto no es para caer de nuevo en los reclamos por los vacíos en el tema de reclutamiento, solo para reiterar que es muy difícil creer una verdad cuando la primera persona que te la cuenta está acostumbrado a decir mentiras.

Porque si frente a esos delitos que son irrefutables y en los que conocemos la historia en la voz de las víctimas, ellos son dubitativos y mentirosos, ¿qué podremos esperar de esa verdad que nunca sospechamos y ahora en un arrojo de sinceridad confiesan?

Después de 25 años de tratar de escribir una verdad, de estar haciendo capítulos donde los responsables son los militares, o los carteles o el mismo estado, hoy vienen a ponerle un nombre distinto a la historia: empezaron a llenar esas líneas vacías del magnicidio de Álvaro Gómez.

Porque pongámonos serios, hasta el momento el crimen de Álvaro Gómez está sin resolver. En 25 años la justicia no ha construido un relato coherente. Ha juntado piezas procesales sin apuntarle a una hipótesis clara y es por esas rendijas por donde se cuela la versión de la ex guerrilla ¿Qué pasa si es cierto? 25 años de todo un andamiaje judicial y estatal en donde ni en las curvas se barajó esa posibilidad quedarían, no solo botados a la basura sino convertidos en el hazmerreír de todo un país.

Y ahora piensen esto, si la verdad de un magnicidio, declarado de lesa humanidad se les pasó por a sus espaldas, así como el elefante, ¿qué otras cosas no se le habrán pasado a la justicia? Los fiscales de la época deben estar buscando baldes con cubos de hielo, porque al menos sonrojados deben estar de la vergüenza.

Y la otra posibilidad ¿Si no es verdad? El problema menor es que las Farc reconozcan el crimen. Tienen que demostrarlo y aportar pruebas. Si no lo hacen y no resultan incontrovertibles deben ser expulsados de la JEP. Ya méritos han hecho al no reconocer delitos que todos sabemos que cometieron como para que ahora vengan a reconocer los crímenes que no esperábamos.

La verdad la tendrá que determinar la justicia. Solo esperemos que no tarde otros 25 años.