Analistas 04/11/2020

¿Resistiremos otra cuarentena?

Este será un pedido inútil, una solicitud para que no pase lo que ya suena inevitable, un grito desesperado para que no caigamos otra vez en la vieja, fácil y devastadora receta. Una súplica para que la solución no sea otra vez la cuarentena.

Son millones los que durante meses han sobrevivido en medio de un encierro y la transición a una flexibilización gradual. Eso, con dificultad, les dio un poco de oxígeno. Por eso entrar de nuevo en un confinamiento severo sería cerrarles definitivamente la válvula. Darles la estocada final a comerciantes, pequeñas y medianas empresas, e incluso, ponérsela muy difícil a empresas más grandes.

Si usted es de los que no se afectaría con una nueva cuarentena, declárese entre la minoría más afortunada del mundo, porque me temo que la mayoría no resistirá. Y no se trata solamente del tema económico, también de la salud mental que después de siete meses de bloqueos, restricciones y una llegada tardía a la “nueva normalidad” no es algo de poca monta.

¿Y entonces cuál es la solución? Me preguntarán muchos. No lo sé con certeza, pero estoy casi convencida que tampoco lo es repetir el patrón simple y básico de meter a todo el mundo en sus casas, que por cierto ya hay muchos a punto de perderla ¿Dónde están los líderes, los presidentes o los alcaldes que de marzo a hoy debieron preparar algo, ingeniárselas, ser más astutos e inventarse algo diferente?

Lo más seguro es que mientras tanto la solución esté en nuestras manos y de eso cada vez hay más evidencia científica. Citaré dos estudios: el primero, bastante conocido, dice que el uso del tapabocas, más un distanciamiento físico de mínimo 1,5 metros y el hábito del lavarse las manos, reduce el riesgo de contagio a 2%. Y el segundo, más reciente, de la Universidad de California, le atribuye al uso continuo de la mascarilla el efecto de una vacuna: asegura que al permitir que pasen macropartículas del virus, nuestro cuerpo no se enferma y en cambio sí produce una inmunidad.

Así es, esta solución tampoco es tan creativa, pero sí menos traumática, se le llama disciplina social. A eso le podríamos sumar un poco de la fórmula mockusiana de “la cultura ciudadana”, una estrategia donde primero haya medidas pedagógicas, luego policivas y solo al final las cuestiones punitivas.
Por favor, es que a estas alturas no pueden abusar de la paciencia de los ciudadanos. Eso solo revertirá en una especie de resistencia ciudadana.

Está pasando en Europa, donde miles se vuelcan a las calles para protestar, a veces solo por el estrés que les genera que limiten sus libertades y espacios de ocio. Ahora imagen lo que pasaría en nuestros países donde no se trata de vida social sino de hambre.

Ya se agotó el discurso de la resiliencia. Para pagar el colegio, la universidad o la comida de sus hijos, no hay resiliencia que le alcance a un padre. Por más subsidio a la nómina que haya, la resiliencia no paga la seguridad social de los empleados, los arriendos, los servicios públicos o los impuestos

¿Quién le explica el discurso de la resiliencia a los niños que quieren volver a clases o a un parque? Y tampoco le podemos hablar de resiliencia a los abuelos que ven en el aislamiento la excusa para ser olvidados ¿Qué tal remplazar la cuarentena por disciplina y cultura? Por lo menos intentémoslo.